Seleccionar página

El discurso del Papa León XIV arranca desde una intuición antigua y muy actual: el mundo se construye desde dos lógicas que conviven y compiten. Una nace del amor, del cuidado y de la verdad; la otra del orgullo, del miedo y del deseo de imponerse. Cada época, también la nuestra, decide hacia dónde inclina la balanza. Por eso el Papa habla de guerra antes de hablar de armas, de corazón antes que de fronteras, de relatos antes que de misiles.

Desde ahí denuncia un tiempo marcado por la debilidad del diálogo y el auge de la fuerza. Cuando el multilateralismo se vacía, cuando el derecho internacional se relativiza y cuando las palabras pierden significado, la violencia encuentra camino libre. Atacar hospitales, civiles o infraestructuras básicas rompe el mínimo de humanidad que permite pensar en una paz futura. El lenguaje mismo se vuelve campo de batalla: confunde, etiqueta y divide, haciendo imposible el encuentro entre personas y pueblos.

El discurso culmina poniendo el foco en lo más frágil, ahí donde se mide la salud real de una sociedad. La defensa de la vida, de la conciencia, de la libertad religiosa y de la familia aparece como cimiento de cualquier convivencia justa. Migrantes, presos, enfermos, ancianos y niños por nacer dejan de ser cifras y recuperan rostro. La paz, insiste el Papa, siempre resulta exigente, lenta y artesanal, pero sigue siendo posible cuando se construye desde la humildad, la verdad y el perdón. Ahí, y solo ahí, empieza un futuro habitable.