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El Dr. Shigeaki Wada habla de una “pared” que aparece alrededor de los 80 años. No es una pared de golpe seco, sino una frontera silenciosa donde el cuerpo ya no responde igual, la mente se cansa antes y la vida pide otro ritmo. El problema no es esa pared. El verdadero problema es que nuestra sociedad ha decidido fingir que no existe.
Vivimos en una civilización que idolatra la juventud, la velocidad y la productividad. Envejecer, para este modelo, es casi un fallo del sistema. Algo que hay que retrasar, ocultar o medicalizar hasta el extremo. Y cuando la realidad se impone, entramos en pánico.

Una sociedad que corre… incluso hacia el final
El modo de vida actual nos empuja a vivir acelerados hasta el último suspiro. Trabajar más, consumir más, “aprovechar el tiempo” como si la vida fuera una hoja de Excel. Este ritmo puede funcionar a los 30, incluso a los 50, pero se convierte en una tortura silenciosa cuando el cuerpo empieza a pedir tregua.
Wada nos recuerda algo incómodo, que después de cierta edad, el cuerpo no está estropeado, está terminando su ciclo. Y pretender que funcione como antes es una forma moderna de violencia.

Medicina o negocio del miedo
La sociedad actual ha convertido la vejez en un mercado. Pastillas para dormir, para despertarse, para la tensión, para el colesterol, para la tristeza, para la soledad. No tratamos personas mayores, tratamos síntomas aislados.
El Dr. Wada denuncia el encarnizamiento terapéutico: pruebas, tratamientos y medicamentos que prolongan días, pero no vida. En el fondo, no soportamos la idea de soltar, porque soltar nos enfrenta a nuestra propia finitud.

Vivir más… ¿para qué?
Nunca hemos vivido tantos años y, paradójicamente, nunca hemos tenido tan poco tiempo. La longevidad sin sentido se convierte en una cárcel. Wada plantea una pregunta esencial que nuestra sociedad evita: ¿de qué sirve vivir más si no vivimos mejor?
La respuesta no está en alargar el calendario, sino en cambiar el modo de vida, menos ruido, menos exigencia, más relaciones humanas, más silencio, más aceptación. Aceptar el declive como acto de rebeldía.
En una sociedad obsesionada con “no rendirse jamás”, aceptar las limitaciones de la edad es visto como una derrota. Sin embargo, Wada lo plantea como un acto de inteligencia y dignidad.
Aceptar que el cuerpo se cansa, que la mente necesita pausas, que el final forma parte del camino, no es pesimismo. Es madurez. Algo que nuestra cultura ha perdido.

La gran lección que no queremos aprender
La pared de los 80 años no es solo biológica. Es un espejo social. Nos muestra una verdad incómoda, como la de que hemos construido un sistema que no sabe envejecer, porque no sabe vivir despacio.
Quizá por eso la vejez nos asusta tanto. Porque nos obliga a parar. Y parar, hoy, es casi un acto revolucionario.
El libro de Wada no habla solo de ancianos. Habla de todos nosotros. De cómo vivimos, de cómo consumimos el tiempo y de cómo negamos el final.
Tal vez la verdadera sabiduría no consista en derribar la pared de los 80 años, sino en aprender a apoyarnos en ella, mirar atrás sin miedo y aceptar que una vida plena no se mide por su duración, sino por su serenidad.