Entre libros y artículos nos dejó más de 4.000 títulos. Sus Escritos de Teología superan ya los treinta volúmenes. Fue un trabajador incansable: alguien ha calculado que escribió unas treinta páginas diarias.
Todas sus publicaciones recibieron el Imprimatur (la licencia de publicación) de la Iglesia. Lo suyo fue “fidelidad crítica” a la iglesia, a pesar de dolorosos enfrentamientos con la jerarquía. Durante algún tiempo sufrió incluso la prohibición de enseñar y publicar. Nada de esto impidió que sus escritos fuesen traducidos a los principales idiomas del mundo. Y con la misma prontitud se traducían sus grandes textos teológicos como sus sencillas plegarias.
Digámoslo desde el principio: su principal objetivo, casi obsesión, fue poner de relieve la dimensión racional, y razonable, de la fe cristiana. Deseaba que se corriese la voz de que para ser cristiano no es necesario dejar de pensar. Como buen conocedor de Hegel, estaba convencido de que no existe ningún muro divisorio entre cristianismo y racionalidad. Por propia experiencia sabía que el cristianismo puede hacer acto de presencia en los más exigentes foros intelectuales.
La palabra de Rahner fue escuchada siempre con gran respeto y admiración. Su discurso era de difícil comprensión, pero incluso si no se lograba entender íntegramente, dejaba huella. Ante nosotros, sus alumnos, se erguía la figura de un gran convencido cristiano. Su palabra confería al cristianismo una extraña plausibilidad; si no convencía, al menos daba que pensar. Su convencimiento, tan sincero y firme, removía algo por dentro. El cristianismo era su fe, su filosofía, su teología y su vida. Sin duda, sus oyentes éramos conscientes de estar viviendo momentos “privilegiados”. Rahner estaba ya próximo a su jubilación y nosotros sabíamos que teníamos el privilegio de estar escuchando al pensador católico más importante de la segunda mitad del siglo XX.
El Papa Juan XXIII lo nombró perito del concilio Vaticano II. La huella de Rahner ha quedado plasmada en numerosos documentos del Concilio, especialmente en las Constituciones Dei Verbum y Lumen Gentium. Fue, probablemente, la mente teológica más decisiva del Vaticano II. Otros dos jovencísimos peritos del concilio, J. Ratzinger y H. Küng, solían recordar el impacto que les producía compartir las tareas conciliares con figuras como Rahner, Y. Congar, H. de Lubac y Schillebeeckx, entre otros.
Rahner nació el 5 de marzo de 1904 en Friburgo, en el seno de una familia profundamente católica. Fueron siete hermanos, dos de ellos médicos. Su padre fue profesor de instituto. Al parecer, quien más le influyó fue su madre. Cuando le preguntaban a qué se debía la reciedumbre de su convicción cristiana, solía responder: no encontré nunca nada mejor y, además, me lo dijo mi madre de pequeño.
Quince días después de terminar el bachillerato entró el joven K. Rahner en el noviciado de la Compañía de Jesús. Allí le esperaba su hermano Hugo, que había entrado un año antes. Hugo llegaría a ser un eminente conocedor del pensamiento de los Padre de la Iglesia. Los dos hermanos se mantuvieron siempre muy unidos. En los momentos más “dolorosos” de la relación de Karl con el Magisterio romano, fue Hugo quien le aconsejó serenidad y le ayudó a redactar las “explicaciones” que Roma le solicitaba. Menos impulsivo que Karl, Hugo vivió momentos de honda preocupación por el futuro teológico de Karl en el seno de la Iglesia. La muerte de Hugo, en 1968, al cumplir los 65 años, fue un duro golpe para su hermano. Con buen sentido del humor, Hugo solía decir que cuando se jubilara “traduciría al alemán” lo textos de Karl. Siempre fue consciente de que no eran de fácil comprensión, ni siquiera en su idioma original.
La muerte le sobrevendría un mes después de cumplir 80 años, el 30 de marzo de 1984 en Innsbruck. En 1981 Rahner había dicho: “Me pregunto cuánto tiempo pasará antes de que la noche caiga para siempre. No lo sé. Por eso, sigamos trabajando, mientras es de día. Al final, uno va siempre con las manos vacías, lo sé muy bien. Pero entonces uno eleva su mirada hacia el Crucificado y va. Lo que viene es el eterno misterio de Dios”.
Y lo más importante: el ser humano está capacitado para amar a sus semejantes. Amamos y nos aman. Es nuestra dicha y nuestra tragedia. El amor nos pierde y nos salva. Por amor nos sacrificamos y hacemos sitio a los demás. Rahner pensaba que incluso la muerte, ese último y terrible episodio de la vida humana, debe ser entendido en clave de generosidad. Mediante la muerte “hacemos sitio” a los que vienen después. Es, pensaba Rahner, nuestro último ejercicio de amor, responsabilidad y humildad. Es incluso nuestro postrer ejercicio de libertad. Rahner insistía en la aceptación libre de la muerte. (28 ene 2026)
