Padre y maestro, hermano y amigo de sacerdotes y laicos, eso procuró transmitir desde la clara elegancia de su mensaje. Gran amigo de Dios sobre todo y, por ello mismo, de los hombres, joven entre los jóvenes, con quienes compartía la fe, celebraba la Eucaristía y glosaba la Palabra, invitó a muchedumbres de ellos a encontrarse con la mirada de Jesús, que él mismo llevaba en el alma. De ahí el grito en Santiago de Compostela: «¡No tengáis miedo a ser santos!». O el aviso en Loreto: «Estos jóvenes no tienen miedo del cansancio, del sufrimiento, de la cruz. Tienen miedo de la mediocridad, de la indiferencia, del pecado».
«¡Que lindo es vivir! Tú nos hiciste, Señor, para la Vida. La amo, la ofrezco, la espero. Tú eres la Vida, como fuiste siempre mi Verdad y mi Camino». Su amor a la Vida abrió en él especial sensibilidad por las situaciones de sufrimiento, de malestar y de dolor. Se explica por ello su recurso a las bienaventuranzas como programa ideal para adentrarse en la pedagogía de Dios.
Sublime y filial amor también el suyo a la Virgen María: « ¡Magníficat! Agradezco al Señor que me haya hecho comprender el Misterio de María en el Misterio de Jesús y que la Virgen haya estado tan presente en mi vida personal y en mi ministerio. A Ella le debo todo. Confieso que la fecundidad de mi palabra se la debo a Ella y que mis grandes fechas -de cruz y de alegría- fueron siempre fechas marianas».
Junto a nuestra Señora, el cardenal Pironio amó entrañablemente a la Iglesia, «misterio de comunión misionera» (así la definía). Decía y volvía a decir que todos somos responsables de la misión y anunciadores de Cristo, todos profetas de la esperanza y heraldos de un Cristo resucitado y Señor de la Historia. Constructores unos y otros, en suma, de la civilización del amor.
Teólogo de la Verdad y de los signos de los tiempos, se prodigó generoso en amistad creciente con personalidades como san Óscar Arnulfo Romero, que lo incluyó entre los padres de la Iglesia latinoamericana.
Obispo de La Plata en 1972: durante su ministerio allí sufrió graves amenazas de los militares peronistas, que ya lo habían apresado años atrás. Pero san Pablo VI, siempre al quite en lances tales, lo llamó en 1977 al Vaticano como pro-prefecto de la Congregación de Religiosos, cardenal luego, y presidente al fin del Pontificio Consejo para los Laicos. Con él empezarían, ya junto a san Juan Pablo II, las célebres Jornadas de la Juventud.
Su 50.º aniversario sacerdotal nos dejó este bellísimo esqueje mariológico: «Muchas gracias, Señora de Luján, Madre de Jesús y madre nuestra, madre de todos los argentinos. En tu corazón dejo mis alegrías y mis cruces. Dejo mi ofrenda de pobre: lo poco que hice y lo mucho que no supe hacer. Dejo mi querido pueblo argentino y mi querida Iglesia que peregrina en la Argentina… Desde tu corazón, grito al Padre: ¡Fiat et magníficat!». Benjamín de una madre coraje con 22 hijos, hoy sube el último de ellos, nuestro cardenal, a la gloria de los altares, camino pronto, ojalá, de la Gloria de Bernini.
Tiene uno la suerte de haber conocido en él a un santo, de contar incluso con alguna carta suya y, sobre todo, de haber experimentado a menudo la saludable alegría de su presencia y el incomparable gozo de su bendición. Magníficat por esta fecha memorable.
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