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Ayer, 20 de febrero, falleció con 93 años el sacerdote claretiano Maximino Cerezo Barredo, que nos deja preciosos murales y un hermoso testimonio de vida entregada.

Nacido el 4 de agosto de 1932 en Villaviciosa, Asturias, descubrió su vocación claretiana a temprana edad, durante sus estudios en el Colegio Sagrado Corazón de María de Gijón. Posteriormente, se licenció en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid. Desde muy joven comprendió que su vida sacerdotal y su expresión artística no serían caminos paralelos, sino una misma misión: evangelizar a través del arte.
Misionero en Filipinas y posteriormente en varios países latinoamericanos, experimentó intensamente las realidades sociales y eclesiales de las décadas de 1970 y 1980. Viajó por Nicaragua, Panamá y Perú, y tuvo una importante presencia en Brasil. En São Félix do Araguaia, donde cultivó una profunda amistad con Dom Pedro Casaldáliga, creó murales que se convirtieron en expresión viva de una fe encarnada en la historia y el sufrimiento del pueblo.
En Brasil dejó importantes obras en Comunidades Claretianas de Belo Horizonte, Campinas, São Paulo, Guajará-Mirim (São Miguel do Guaporé y Seringueiras), Ribeirão Cascalheira, Juquitiba, Taguatinga y Batatais. Además de estos, realizó trabajos en otras iglesias, capillas y espacios pastorales a lo largo del país, ampliando el alcance de su presencia misionera y artística.
Su opción fundamental fue por Dios y por los pobres. Con profunda convicción evangélica, afirmó que no podía haber neutralidad ante la injusticia. Sus «armas» fueron siempre la Palabra, el color y el pincel. A través de sus murales, buscó proclamar el Evangelio, defender la dignidad humana y mantener viva la esperanza.
Hombre de fe, sensible a la realidad del pueblo y profundamente comprometido con la misión, afirmó haber aprendido más de las comunidades sencillas que de los libros académicos. Su trayectoria humana, religiosa, claretiana y artística da testimonio de la presencia de Dios en muchos lugares y en innumerables vidas transformadas por su obra.
Nos unimos en oración a la Congregación de Misioneros Claretianos, a sus familiares, amigos y a todos aquellos que fueron tocados por su vida y misión.
Que el Señor Resucitado os acoja a la plenitud de la vida eterna.
Descansa en paz, Cerezo. Tus murales siguen proclamando el Evangelio.