San Pantaleo, Roma, 1 de abril de 2026.
Jesús le dice: «¡María!». Ella se vuelve y le dice: «¡Rabbuní!», que significa: «¡Maestro!».
Queridos hermanos y hermanas escolapios, Cristo ha resucitado. ¡Verdaderamente ha resucitado!
María la Magdalena corre. Corre incluso antes que Pedro y Juan. Corre en la oscuridad, cuando aún no ha amanecido del todo, movida por algo más fuerte que el miedo, más fuerte que la incertidumbre. Corre porque ama, porque busca, porque algo en su corazón le dice que la historia no ha terminado.
El Evangelio de Juan nos sitúa en el primer día de la semana. El centro de gravedad ha cambiado, ya no es el sábado. La Resurrección inaugura un tiempo nuevo, una creación nueva. El domingo, el Día del Señor, se convierte en el comienzo de todo. Dios sigue comenzando.
La escena de María la Magdalena sucede al amanecer, cuando aún estaba oscuro. Juan no solo relata el momento, describe también una situación del corazón. La oscuridad es la falta de fe, la confusión, el desconcierto. El amanecer es la vida que renace, el encuentro que reconoce, y la fe que despierta. Es precisamente ahí, en ese umbral entre la noche y el día, donde irrumpe la Pascua.
Este mínimo y profundísimo diálogo, – ¡María! – ¡Rabbuní! concentra toda la Pascua. Su encuentro se hace en anuncio y misión, y María, apóstol de los apóstoles, proclama su testimonio, He visto al Señor y ha dicho esto (Jn 20, 18).
Estamos llamados a ser una Orden que corre al encuentro del Señor, con audacia y con poco equipaje, cercana a las periferias donde la vida clama por educación, por Evangelio, por esperanza. Se trata de sentirnos enviados, y de poder decir, como María la Magdalena: He visto al Señor. Recuperemos esa prisa buena del Evangelio, la prisa del amor, la de quien ha encontrado algo que no puede guardarse para sí.
Hoy, Jesús el Resucitado se hace presente nos dice La paz esté con vosotros. El paso que viven los discípulos es también el nuestro, de estar encerrados a ser enviados, del miedo a la paz. No elimina las dificultades, pero transforma el modo de vivirlas; no quita las heridas, pero les da un sentido nuevo.
De un modo particular, a quienes hoy renovamos nuestros votos solemnes, que esta renovación no sea repetición, sino Pascua, memoria viva de aquel primer sí y, a la vez, novedad que se deja recrear por el Señor. No volvemos a lo mismo; revivimos lo que nos dio vida para que vuelva a ser vida nueva hoy. Que nuestro sí sea pascual.
Hermanos y hermanas, en este tiempo nuevo que el Señor nos regala, dejémonos encontrar por Él. Y, aun en medio de nuestras noches, atrevámonos a correr. Porque la vida ha vencido, y comienza para nosotros de nuevo.
Con afecto fraterno y en Calasanz, Congregación General
