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Queridos hermanos y hermanas en las Escuelas Pías, no haría falta ir muy lejos: bastaría con atrevernos a dejar, por un momento, el ruido que nos rodea, también el que llevamos dentro, para entrar en ese espacio donde lo accesorio desaparece y lo fundamental reaparece.

La Cuaresma, en el fondo, es eso: una invitación al desierto.
Pero el desierto no es solo un espacio, es también una llamada que puede ser escuchada. A veces nace como una necesidad interior, casi imperceptible: el cansancio del ruido, la intuición de que necesitamos detenernos… Otras veces viene mediada: una palabra, el Evangelio, una moción en la oración, o una persona que nos invita…
La vida espiritual madura quizá en ese punto, cuando dejamos de resistirnos al desierto y empezamos a desearlo. Cuando ya no entramos en él solo porque no tenemos alternativa, sino porque reconocemos en él un espacio y un tiempo necesarios. Entonces el desierto deja de ser imposición y se convierte en elección.
Un desierto que no es ausencia, sino presencia; no es esterilidad, sino esencialidad; no es huida, sino camino; no es vacío, sino encuentro.
El Evangelio lo recuerda con fuerza: Jesús no elige el desierto como un refugio cómodo, sino que es conducido a él[1](Mc 1, 12). Hay momentos en la vida en los que no somos nosotros quienes decidimos entrar en el desierto, sino que es la propia vida, o Dios mismo, quien nos lleva allí.

El desierto: lugar donde Dios habla al corazón.
En la tradición bíblica, el desierto no es simplemente un lugar geográfico, es un espacio espiritual: lugar de la alianza, el de la brisa suave, también de la prueba.
El profeta Oseas lo expresa con una belleza extraordinaria: La llevaré al desierto y le hablaré al corazón (Os 2, 16).
La palabra hebrea para desierto es midbar. Aquí aparece una intuición preciosa: midbar comparte raíz[2] con dabar, que significa palabrahablar. El desierto, por tanto, no es el lugar donde no hay nada, sino el lugar donde todo puede convertirse en palabra.
Cuando desaparecen las distracciones, las prisas, las voces que nos saturan por fuera, comienza a emerger una voz más discreta, pero también más verdadera. En el desierto, lo que antes pasaba desapercibido empieza a hablar: una inquietud, una pregunta no resuelta, un deseo auténtico, incluso una herida. Y, poco a poco, también Dios. No porque antes no estuviera, sino porque ahora ya no tiene que competir con nada. Entonces la realidad entera se vuelve significativa; lo que vivimos, lo que sentimos, lo que nos acontece… todo puede ser Palabra, es decir, lugar de encuentro, de llamada, de sentido. El desierto no crea esa voz, pero la hace audible. Y por eso es un lugar de gracia, porque nos devuelve la capacidad de escuchar.

Las virtudes del desierto: una teofanía.
El desierto educa con sus propias virtudes.
El silencio: no como ausencia de sonido, sino como espacio de escucha.
La verdad: sin máscaras que sostener: aparece lo que hay tal como es.
La esencialidad: que enseña a distinguir (como principio básico de sabiduría) lo necesario de lo superfluo.
La paciencia: el desierto no tiene prisa, obliga a otro ritmo y a aceptar procesos.
El asombro por lo pequeño: una sombra, una gota de agua, un brote de hierba… En el desierto, lo pequeño deja de ser insignificante y se convierte en signo de vida.
Quizá esta sea la virtud más importante: la teofanía, Dios vuelve a ser Dios. En el desierto, Dios no se confunde con nuestras ideas, ni con nuestros proyectos, ni con nuestras seguridades. Dios es Dios. Como le ocurrió a Elías, que lo buscaba en lo espectacular, y lo encontró en una brisa suave (1Re 19, 12). El desierto purifica también nuestra imagen de Dios.

El desierto, hoy.
No todos podemos viajar al desierto, pero todos podemos entrar en el desierto, que es, muchas veces, una conquista interior.
Para los más jóvenes, el desierto puede ser algo tan sencillo (y ¡tan difícil!) como desconectar el móvil durante un rato, caminar sin música, estar sin estímulos constantes, aprender a estar consigo mismo, sin dependencias. En un mundo que no deja de ofrecer ruido, distracción y comparación, el silencio puede dar incluso un poco de vértigo. Porque en él aparecen sentimientos que no siempre sabemos nombrar. Pero precisamente ahí empieza algo verdadero, cuando uno se atreve, poco a poco, a habitar su propio interior.
Para un escolapio, el desierto puede ser volver a cuidar tiempos reales de oración, no solo funcionales o apresurados; hacer silencio más allá de la intensa actividad apostólica; reservar espacios de retiro, aunque sean breves; y no llenar todos los vacíos con tareas. Existe el riesgo, muy real, de vivir volcados hacia fuera, entregados generosamente, pero sin espacio para dejar que Dios nos hable por dentro. Sin embargo, la misión se sostiene desde ahí. El desierto no nos aparta de la entrega, sino que la enraíza y la hace más sincera y robusta.
Para una comunidad, el desierto puede significar crear espacios de silencio compartido, no temer momentos sin palabras, discernir sin prisas ni ruido. Cuando una comunidad se atreve a entrar en el silencio, a esperar juntos… algo cambia. El desierto compartido puede convertirse en un lugar de comunión más profunda.
¿Qué ruido te está impidiendo hoy escuchar lo esencial?
No hace falta decir, aunque quizá conviene recordarlo, que nada de esto tiene que ver con la pereza ni con una forma cómoda de evadir la responsabilidad. El desierto no es refugio para quien no quiere implicarse, ni excusa para vaciar la vida de compromiso; no es retirada superficial, ni tiempo muerto. Es, más bien, un espacio exigente, donde uno se encuentra consigo mismo, con Dios y con la verdad de la propia misión. Por eso no debe confundirse con la dejadez o la inercia. El desierto auténtico no nos aleja de la vida, sino que nos prepara para vivirla con mayor hondura, fidelidad y entrega.

Desierto y misión.
Blaise Pascal, siempre tan lúcido, nos recuerda que toda la desgracia de los hombres proviene de una sola cosa: no saber permanecer en reposo en una habitación[3]Quizá hoy podríamos decirlo de otro modo: no sabemos morar en el desierto. Nos cuesta el silencio y nos incomoda el vacío.
En este mismo horizonte, vale la pena acercarse a algunos ensayos contemporáneos, como Sobre Dios. Pensar con Simone Weil de Byung-Chul Han[4], donde, en diálogo con la gran pensadora francesa, se nos invita a redescubrir el valor del silencio, del vacío y de la atención como caminos para recuperar el sentido en medio de una vida saturada de murmullos y de estímulos.
Pero es en san José Calasanz donde esta intuición alcanza una profundidad particularmente luminosa para nosotros. En una de sus cartas escribe: Alabo mucho que se retire, con uno o dos acompañantes, a hacer ejercicios espirituales en un lugar alejado de la conversación de los hombres, para tratar sólo con Dios, y que estén juntas Marta y María[5]No se trata simplemente de alternar contemplación y acción, como si fueran dos tiempos separados, sino de aprender a vivirlas unidas. En el trato con Dios, en ese desierto buscado y habitado, se va gestando una forma de estar en la misión que no nace ni de la eficacia, ni de las urgencias, sino de un corazón recogido y orientado. Este trato con Marta y María crea la unidad interior que sostiene la vida y la misión. El desierto no es, por tanto, un paréntesis en la entrega, sino su fuente más honda, el lugar donde aprendemos a estar con Dios para poder estar verdaderamente con los demás.
El desierto no es el final del camino. Jesús vuelve de él para comenzar su misión. Este erēmos que encontramos en el Evangelio significa solitario, deshabitado, aparentemente desolado y, sin embargo, en la experiencia bíblica se convierte en espacio de encuentro con Dios. Por eso, no nos aleja del mundo, sino que nos prepara para habitarlo mejor. Jesús se retira para orar y regresa dispuesto a darse, a entregarse. Aquí se revela la paradoja cristiana: lo que parece vacío se convierte en plenitud.
Quizá, como Escolapios, podamos redescubrir hoy que esta tarea tiene un nombre muy concreto, evangelización, y que pasa por aprender y ayudar a entrar en el desierto. Sabemos, por experiencia, que estos espacios y tiempos son profundamente necesarios, tanto para los niños, niñas y jóvenes como para nosotros mismos; por eso, se trata de educar en la interioridad, de acompañar a alumnos y jóvenes para que no vivan permanentemente en el ruido, de ofrecerles, y ofrecernos, momentos de silencio, de sentido y de búsqueda. Crear estas pequeñas experiencias puede ser una forma sencilla y concreta de cuidarnos y de sostener lo que estamos llamados a vivir. Porque, siguiendo el camino de Jesús, el movimiento no se detiene ahí, sino que va del erēmos al mundo; un corazón convertido que vuelve y habita la realidad de otro modo.

Padre Bueno, llévanos al desierto y habla a nuestro corazón.
Aparta el ruido que nos dispersa,
enséñanos a escuchar Tu voz en el silencio,
y haz que volvamos a nuestra vida con un corazón atento.
Amén

P. Carles Sch.P., San Pantaleo, 1 de abril de 2026.


[1] Mc 1, 12: A continuación, el Espíritu lo empujó al desierto
[2] Midbar, término hebreo para desierto, comparte la misma raíz que Dabar, término que significa palabra. Con el prefijo Mi-, qué frecuentemente se usa para indicar un lugar, el desierto se convierte en lugar de la palabra.
[3] Pascal, Pensamientos, Pensées, fragmento 139 (edición Brunschvicg). Tout le malheur des hommes vient d’une seule chose, qui est de ne pas savoir demeurer en repos dans une chambre
[4] Han, Byung-Chul. Sobre Dios. Pensar con Simone Weil. Barcelona: Herder, 2023.
[5] Opera Omnia, vol 5, p. 301, carta de 15 de noviembre de 1635.