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KARL BARTH Y HANS KÜNG: «TEN MISERICORDIA DE ESTE PECADOR».
«En el tiempo que sigue conozco cada vez mejor a Karl Barth. No hay cosa más emocionante que conversar con una persona de su carácter, sabiduría y fe, de su humanidad y humor. Llega a ser para mí lo que el frío e intelectual Balthasar nunca será, un amigo paternal. Y a mí él me considera, como dejó escrito en su carta prólogo, por mi «actitud toda, un israelita in quo dolus non est (en el que no hay engaño)» (cf. Jn 1, 47).
Es en Basilea, en el estudio de Barth, allá arriba en el «Bruderholz», donde durante una viva discusión sobre el papado, acabo diciéndole con una sonrisa complaciente: «¡Hombre, la buena fe, se la admito, por supuesto!». Y entonces él, de pronto, totalmente en serio: «¿La buena fe? Nunca me la permitiría. Cuando sea llamado ante mi Dios y Señor, no me voy a presentar con una cesta a la espalda llena con mis obras completas; todos los ángeles se echarían a reír. Ni tampoco diría para mi justificación: siempre tuve buena intención, ‘buena fe’. No, me presentaré allí con las manos vacías y sólo me parecerá oportuno decir: ‘Dios, ten misericordia de este pobre pecador'».
O sea, lo que decía el publicano allá al fondo del templo, y que desde entonces yo espero que sea también mi última palabra. De un golpe aparece en mi vida entera lo liberador y consolador de este mensaje que espero conservar siempre: la fe confiada del cristiano. Es la confianza radical, que, de acuerdo con Jesús, ha encontrado su raíz («radix») en el Dios misericordioso y no se basa en absoluto en sus propias obras ni tampoco se deja apabullar por sus errores.
Sin duda, es precisamente en este punto donde la fortaleza de la teología evangélica y también la del teólogo Karl Barth basa su falta de miedo, concentración y coherencia. También para mí es esto lo que, en conjunto, proporciona el sostén y constituye el último fundamento de mi libertad cristiana, enfrentada a pruebas inimaginadas: el que al final y definitivamente yo sea justificado no depende de lo que decidan sobre mí mi entorno o la opinión pública. Tampoco depende de la facultad o de la universidad, ni del Estado o de la Iglesia. No depende tampoco del papa; y menos todavía de mi propio juicio. Sino de una instancia totalmente otra: del propio Dios oculto en cuya misericordia puedo, a pesar de todo, yo, que no soy un hombre ideal sino una persona humana e incluso demasiado humana, tener hasta el final una confianza absoluta. «In te, Domine, speravi, et non confundar in aeternum», como se dice al final del himno Te Deum: «En ti, Señor, puse mi esperanza; que no me vea confundido para siempre»» (Hans Küng, «Libertad Conquistada»).