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La hiperactividad mediada por algoritmos fomenta competencia permanente y una identidad construida sobre apariencias, lo que alimenta el narcisismo y la fragilidad emocional. No importa dónde vamos, lo importante es estar acelerados. La turismomanía nos obsesiona con acumular millas y selfies. La poderosa industria de “conciertos” y recitales multitudinarios nos ofrecen falsas catarsis gregarias por un rato. La alienación lúdica de la mercantilización deportiva, etc. Como resultado final, la insatifacción consumista revela un “pueblo que camina en tinieblas” y “rebaños de ovejas sin pastor”. Ante una época análoga apóstol reclamaba «¿como creerán si nadie les predica?» (Rom 10, 14).
La práctica de la austeridad y la entrega reduce la presión de la comparación y orienta la energía hacia la compasión hacia el otro, disminuyendo así los estados de ansiedad y la necesidad de evasión.
Jesús destacó la dimensión social de la fe que encuentra su sentido en la entrega al necesitado. En cambio, el ritmo vertiginoso impide la formación de sujetos contemplativos capaces de solidaridad. La propuesta cristiana es una espiritualidad encarnada: la trascendencia se vive en el encuentro con el otro y en el Otro, y se expresa en gestos concretos de cuidado que transformen estructuras.
Tres líneas prácticas para articular esta llamada:

  • Cultivar ritmos de atención: promover silencio, ayuno digital, lectura profunda y lectio divina en comunidades y escuelas de fe para recuperar la capacidad de escucha y el pensamiento crítico. Ambientes que educan en “ver-juzgar-actuar” la realidad, no evadiéndose de ella.
  • Compromiso con las víctimas y políticas públicas: acciones concretas de hospitalidad, defensa de derechos de migrantes y programas de reparación ambiental y económica de territorios afectados por la depredación del «primer mundo».
  • Fomentar austeridad creativa y fraternidad: estilos de vida que prioricen lo esencial; espacios de encuentro real (comedores comunitarios, redes de acompañamiento, proyectos interculturales) donde la trascendencia se experimente en la solidaridad cotidiana.

Vivir austeramente y entregarse a los demás no es renuncia triste sino liberación: reduce la ansiedad al quitar la presión de la comparación, crea vínculos que sostienen en la adversidad y orienta la vida hacia un propósito mayor. La austeridad cristiana es libertad para compartir; la generosidad es fuente de sentido. Imitar a Jesús —sus gestos de servicio, su simplicidad, su generosidad— ofrece una terapia social y espiritual contra la cultura del espectáculo, la competencia narcisista y la autoayuda egoísta.
Ser profeta hoy implica denunciar la idolatría del consumo y la exclusión, y al mismo tiempo construir alternativas creíbles: comunidades que celebren la vida sin mercantilizarla, prácticas que cultiven la compasión y políticas que reparen. La actitud samaritana es praxis que transforma estructuras y cura heridas. Seguir a Jesús es esperanza de sentido y compromiso con bienaventurados; así construiremos un mundo donde nadie tenga que huir para vivir y donde el silencio, la lectura lenta y el compartir desinteresado recuperen su lugar en la vida humana. Donde lo que de sentido sea el compromiso con el otro en vez del entretenimiento hacia ninguna parte.

Tomado de Religión Digital: https://short.do/6XAmB6