Los escolapios nos sentimos orgullosos de que nuestro Fundador, San José de Calasanz, fuera reconocido por el Papa Pío XII como el Patrono de todas las Escuelas Populares Cristianas del mundo. Dicho de otra manera, como el creador de la escuela para todos. Y sí, eso es un gran invento, no cabe duda. Quizás el paso más importante de la humanidad desde que se inventaron la agricultura y la ganadería en el Neolítico.
Sin embargo, creo que detrás de esta creación de la escuela hay algo mucho más fundamental: es el descubrimiento del niño como persona, como protagonista del mundo futuro, como potencial reformador de la sociedad. Hasta la época de Calasanz los únicos que realmente contaban en la sociedad eran los hombres. Los hombres, que eran unos los dignatarios de la Iglesia y del Estado, otros los portadores de armas, los agricultores, los obreros de todo tipo. Las mujeres contaban como auxiliares de los hombres y como madres de hijos. En cuanto a los niños, en parte por el alto nivel de mortandad infantil en aquellos siglos (no valía la pena hacer cuentas con una criatura que tal vez iba a morir), en parte por la tradición de siempre, no eran considerados gran cosa. Ya lo dice el Evangelio: “sin contar las mujeres y los niños”. No contaban, y siguieron sin contar por muchos siglos.
Hasta finales del siglo XVI se habían creado no pocas instituciones civiles, y corporaciones religiosas para atender a las diversas necesidades materiales y espirituales de la gente adulta. Los pobres, los peregrinos, los enfermos, los pecadores… En ello anduvo también Calasanz durante sus primeros años en Roma, hasta que descubrió al niño. Nadie había pensado específicamente en él antes. Y esto es lo que le llevó entonces a inventar la escuela para él. En efecto, el niño dejado a su aire por sus familias (cuando no era tempranamente explotado) crecía de cualquier manera por las calles de Roma, y de cualquier otro lugar del mundo. Luego, en la adolescencia según su estrato social, se incorporaba al oficio y la categoría de hombre a la que pertenecía su familia. Y solo a partir de ese momento empezaba a contar en la sociedad. Sin embargo, Calasanz descubrió que hay un precioso margen de años en la vida de los niños que había que aprovechar, y creó para ellos algo tan grandioso como la escuela, que ocuparía varios años de su vida y les ayudaría a crecer de una manera ordenada y correcta. No solo como ciudadanos, sino sobre todo como cristianos, y como hombres de provecho para el futuro.
Creo que este descubrimiento de Calasanz es todavía más importante que el del fuego, el de América o cualquier otro que haya marcado un hito en la historia de la humanidad. A partir de Calasanz los niños ya cuentan como seres humanos importantes. Primero en Europa, después en los otros continentes. No es que sus padres no quisieran a sus hijos tanto en Europa como en el resto del mundo, sino que la sociedad no se daba cuenta de la importancia que el niño tiene para el progreso, para el bienestar, para el bien de la sociedad futura. Y por eso nosotros, los escolapios, herederos de ese descubrimiento de nuestro Fundador, tenemos que seguir poniendo en valor la importancia del niño – y de la niña, por supuesto, aunque esto no lo viera aún Calasanz: era demasiado pronto – frente a muchas tendencias actuales que tratan de instrumentalizarlo y manipularlo, frente a la inconsciencia de sus padres, y seguir avanzando por las vías de una educación cada vez mejor, pensando en su felicidad futura y en la reforma de la sociedad, construyendo el Reino. (José Pascual Burgués)
