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Han matado a uno de los niños de tu escuela. Acudes lo más rápido posible a la favela. Te deslizas entre las ruas estrechas. La casa no tiene luz, pero no hay otro sitio para el velatorio. La familia llora hacinada en la vivienda. “El peor trago es cuando recibes la llamada. Haces memoria y le pones cara al niño”.

Otra víctima del narcotráfico. Una despedida que llega hasta el féretro –gajes del oficio de sacerdote– y una pregunta que se repite: “¿Qué ha faltado aquí?” . Le retumba en la cabeza hasta que cae dormido. Solo. Nadie al lado. Y ahí se da cuenta: “Yo estoy aquí por esto”. Es la vida de un misionero escolapio en Brasil. La vida del navarro José Carlos Fernández Jorajuría.

Mayor de seis hermanos, nació en la calle Curia y creció entre Pamplona y su pueblo, Lantz. El colegio Escolapios les pillaba cerca y se convirtió en el otro pilar de su educación: “Entre el ambiente familiar y escolar se fue gestando la vocación”. Fernández quería ser médico, no sacerdote. Pero “el lado misionero hablaba muy alto”. Dicho y hecho, a los 18 hizo el noviciado y un año después los votos: “Era donde yo estaba feliz y llamado por Dios”. Eso sí, también estudió atención médica sanitaria “para quitarse la espina”.

En el 95 le mandaron a Brasil –hubiese preferido un sitio en el que hablaran español– sin saber que, 31 años después, se convertiría en su casa. Con su acento portugués, expresa que llegar le asustó. El miedo inicial se desvaneció al momento: “Es un país acogedor y lleno de vida. Respetan al que lo ha dejado todo por venir aquí. Son muy religiosos”. Manos a la obra, empezó a aplicar los principios escolapios, las tres pes: pequeños, pobreza y periferia. Poner el corazón donde más les necesitan.

Concretamente los tres destinos en los que ha desarrollado su misión. Desde “un lugar fresquito” a mil metros de la costa, como Belorizonte en sus inicios, hasta Araguaína, donde vive en la actualidad y dirige una escuela concertada de 800 niños. Pasar todo el día con ellos fortalece su educación en un país donde no está garantizada: “En Brasil la escuela es un pulmón de vida. Suma valores, espiritualidad y comida”. Arroz, frijoles carne y fruta. Una combinación que parece cotidiana y que Fernández aprecia más que nadie: “Para muchos niños la comida que les damos es fundamental por ser la única”.

El obispo les llamó por necesidad. Los niños van a la escuela solo por la mañana o por la tarde y ellos tenían que hacer el contraturno. Con un objetivo claro: “Que no se queden en la calle. En Brasil es muy peligrosa”. Y no se refiere a la inseguridad. Relata que les atraen para entrar –les llaman avioncitos porque no pueden condenarles hasta los 13 años–, les envenenan para viciarles y no les dejan abandonar: “Solo tienen dos salidas: morir o la cárcel. Y la cárcel ahí es horrorosa”.

Y todo se resume en una pregunta: “¿Quién llega primero, el narcotráfico o la Palabra de Dios? Si tú no estás ya sabes quién va a llamar a la puerta”. Aunque las familias piensen que son los ojos rojos o el sueño, Fernández ha aprendido a detectar cuando un niño se les escapa: “Empiezan a faltar a la escuela. Lo primero que rompe el narcotráfico son los horarios”. Pierden la sonrisa y la confianza. Su rival es muy tentador. Preparan cursos para que vuelvan, pero la respuesta es dramática: “Padre, lo que me ofreces en un mes lo gano con ellos en un día”. Y Fernández se va a la cama con la sensación de haberlo perdido y la dolorosa incertidumbre de si podrá recuperarlo.

Acercarse mucho también puede echar todo por tierra. Le han amenazado por rechazar el narcotráfico en homilías dirigidas a cientos de personas: “Nos llegan mensajes diciéndonos que tengamos cuidado. En esos momentos dejas el tema durante un tiempo”. Pero a veces la confrontación es inevitable: “Prendieron fuego al colegio”. Llegaron los bomberos y los agresores seguían en el escenario del crimen. Brazos cruzados, mirada desafiante: “Es un pulso constante, a veces ganas y otras retrocedes”.

Un silencio largo. Los ojos se humedecen mientras prosigue la infructuosa búsqueda de palabras. Reflexiona. Para Fernández es “la gran pregunta”. El sentido de su vida: “Dios lo es todo, desde la misa que celebras al abrazo que que das a un niño”. El pulmón que vertebra su vida. Encuentra a Dios en las conquistas y alegrías. También en la debilidad y las desgracias “¿Dónde estás, Señor”? ¿Qué me estás diciendo ahora?”.

Entre tanto mal, tiene claro que el bien avanza. Lo ve en un niño que quiere ir a la escuela. En una madre que se suma como voluntaria al proyecto pese a que hayan matado a su hijo. “La lenta progresión del reino”, define. Pedagógico, lo explica con un cangrejo. Dos pasos adelante y uno atrás para volver con más fuerza. “Es la gran frase que necesito decir a la gente”, y la expresa de la misma forma abrazando a la familia delante del féretro de su hijo que a sus sobrinos en Zizur. Esos que, sin quererlo, le hacen sufrir cuando rechazan un plato de comida. Pero de los que disfruta en sus semanas de vacaciones antes de coger energía para volver a Brasil. A su misión. Su vida. “Hasta que la biología aguante”. Y aunque se vaya a dormir, extienda el brazo y no haya nadie, José Carlos Fernández sabe que nunca estará solo.