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El difícil nacimiento del nosotros.
Conviene precisar dónde nace ese nosotros. No nace en abstracto: el cuerpo (las Escuelas Pías) ya existe. Lo que tiene que nacer, y no siempre resulta fácil, es el nosotros en mí. En este sentido, nacimiento y reconocimiento casi coinciden: reconocer es dejar que una realidad que ya existe venga a la vida en mí y comience a formar parte de mi manera de comprenderme.
La comunión no es uniformidad, ni tampoco simple coexistencia. La uniformidad pretende resolver la dificultad de vivir juntos eliminando las diferencias. El individualismo intenta resolverla prescindiendo de los vínculos. Una dice: todos iguales. El otro: cada uno se basta a sí mismo. Aquí conviene introducir una distinción sutil: la comunión no es una tercera vía entre ambas posturas, sino la realidad que las otras dos interpretan mal; el reconocimiento de lo que somos: distintos, pero vinculados; libres, pero corresponsables unos de otros; con identidad propia, pero pertenecientes a un cuerpo que nos supera.
Hay aquí algo auténticamente humano y auténticamente cristiano. No llegamos a ser plenamente nosotros mismos en soledad: nuestra identidad es también relacional. El otro no es simplemente alguien que se añade a mi existencia, sino alguien ante quien también descubro quién soy[1]. Estamos hechos de vínculos, de encuentros, de palabras recibidas y entregadas, de una historia que no hemos construido solos. Por eso, el nosotros no amenaza la identidad personal ni exige renunciar a ella; la sitúa en una verdad más profunda. El yo no desaparece cuando nace el nosotros; paradójicamente, es en la relación donde descubre gran parte de su verdad.
Si antropológicamente somos seres relacionales, la fe cristiana nos lleva todavía más lejos: descubrimos que la comunión tiene su fundamento último en Dios mismo. El Dios cristiano no es aislamiento, es comunión. Padre, Hijo y Espíritu Santo son uno sin dejar de ser distintos. La diferencia no amenaza la unidad y la unidad no elimina la diferencia.

Por eso, lo contrario de la comunión no es la diversidad; es la desvinculación.
Jesús lo expresa de manera extraordinaria en su oración al Padre: Que todos sean uno; como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado (Jn 17, 21). Nuestra comunión no es, por tanto, solamente un asunto doméstico, es misión. Podemos educar para la convivencia, hablar de paz y anunciar que toda persona es hermana; pero si vivimos fragmentados, algo esencial de nuestro testimonio pierde fuerza.
La comunión comienza a debilitarse cuando el otro deja de contar para mí; cuando sus necesidades ya no modifican mis decisiones. Quizá esta sea una de las tentaciones más sutiles de cualquier institución, no romper explícitamente la comunión, sino comenzar a pensar que no necesitamos a los demás.

In Illo uno unum.
El papa León XIV ha elegido como lema esta expresión de san Agustín, que procede de su comentario al salmo 127. El contexto es particularmente hermoso. El santo de Hipona se pregunta cómo podemos ser muchos y, al mismo tiempo, uno. Y encuentra la respuesta en Cristo: somos miembros de un mismo cuerpo, unidos a Él y unidos también unos a otros. No dejamos de ser distintos, pero ya no podemos comprendernos aisladamente, como si los demás no tuvieran nada que ver con nosotros.

Muchos cristianos y un solo Cristo […] siendo nosotros muchos, en Aquel uno somos uno[2].
No se trata, por tanto, de una invitación genérica a llevarnos bien. La afirmación es mucho más radical. Nuestra unidad no la fabricamos nosotros. La recibimos. No nace primeramente de un consenso, de una organización más eficaz, ni siquiera de una voluntad generosa de colaboración. Nace de nuestra incorporación a Cristo.
León XIV, en un encuentro con los educadores, recordó que esta dimensión del “con”, constantemente presente en los escritos de san Agustín, es fundamental en los contextos educativos, como desafío para “salir de sí mismo” y como estímulo para crecer[3].
Aquí se encuentra una clave fundamental de la comunión cristiana. El nosotros no se construye simplemente añadiendo muchos yo. Nace cuando cada yo acepta dejar de ser su propio centro. La comunión exige un cierto descentramiento: reconocer que mi vocación no es exclusivamente mía, que los dones recibidos no me pertenecen enteramente y que tampoco nuestra comunidad, nuestra obra o nuestra Demarcación existen para sí mismas.
Me parece especialmente oportuno el lema pastoral de este curso, somos uno. Más que un lema anual, es una llamada a vivir de manera más verdadera lo que ya somos y, al mismo tiempo, lo que todavía estamos llamados a ser.

En la Orden y con la Orden
Quisiera llevar ahora esta reflexión a nuestra vida escolapia. Podemos hablar, en primer lugar, de comunión en la Orden. Es la comunión que intentamos vivir allí donde estamos: en nuestros equipos, comunidades, grupos del Movimiento Calasanz, fraternidades, instituciones o Demarcaciones… Todos sabemos reconocer cuándo esa comunión existe y también cuándo falta. La experimentamos cuando nos sentimos escuchados y tenidos en cuenta, cuando compartimos responsabilidades, cuando las decisiones no se toman pensando solamente en uno mismo, cuando podemos contar con los demás y cuando las alegrías o dificultades de otro llegan a afectarnos. Es, en el fondo, el nosotros que deseamos encontrar en los lugares concretos donde vivimos nuestra vocación y nuestra misión.
Esta misma experiencia nos invita a dar un paso más: crecer también en comunión con la Orden. Porque aquello que esperamos de nuestra comunidad, de nuestra obra o de nuestro grupo (que nadie viva únicamente para sí mismo, que nos interesemos unos por otros, que compartamos lo que somos y tenemos) es también lo que estamos llamados a vivir con el conjunto de las Escuelas Pías. El en nos conduce así al con: la comunión que buscamos en nuestros espacios más cercanos ensancha progresivamente su horizonte hasta hacernos sentir parte de un cuerpo mayor.
Estar en comunión con la Orden supone desarrollar un verdadero sentire cum Ordine: sentir como propias las alegrías, heridas, necesidades, desafíos y esperanzas del conjunto de las Escuelas Pías. No preguntarnos solamente qué necesita mi comunidad, mi obra o mi Demarcación, sino ampliar la mirada y preguntarnos también: ¿qué necesitan hoy las Escuelas Pías? Parece un pequeño cambio de perspectiva, pero puede transformar muchas decisiones.

El don y el límite del sentimiento de pertenencia.
Las Demarcaciones son necesarias y valiosas porque nos permiten estar cerca de las personas, inculturar la misión y responder a realidades muy diversas. Este sentimiento de pertenencia, verdaderamente valioso, encuentra su sentido pleno cuando se vive dentro de una pertenencia más amplia y no se convierte en nuestra referencia última. Por eso conviene recordar algo sencillo: no pertenecemos a las Escuelas Pías porque pertenecemos a una Demarcación; pertenecemos a una Demarcación porque pertenecemos a las Escuelas Pías. Esto no disminuye el valor de las Demarcaciones; al contrario, les da su verdadero sentido.
La comunión se concreta cuando una comunidad deja de vivir como una isla, cuando sabemos mirar más allá de nuestra realidad inmediata, cuando una necesidad a miles de kilómetros comienza a parecernos también nuestra o cuando nos alegramos por una nueva presencia escolapia como algo propio. Una Demarcación fuerte también lo es por su capacidad de poner sus dones al servicio del conjunto; una que atraviesa dificultades es parte de nuestro propio cuerpo.
Quiero también agradecer a tantas personas que ya viven así su pertenencia a las Escuelas Pías. Religiosos y laicos que ofrecen generosamente su tiempo, sus capacidades y su disponibilidad; comunidades y Demarcaciones que comparten personas, experiencias y recursos; iniciativas y redes de las Escuelas Pías que nos permiten trabajar más en comunión. Son muchos los gestos, grandes y pequeños, que encuentro en nuestras Demarcaciones y que hacen visible este caminar juntosGracias por esta generosidad y por esta manera de sentirse escolapios y de hacer propias las Escuelas Pías.
Una señal hermosa de madurez vocacional es ensanchar progresivamente el sentido de lo que llamamos nuestroLa comunión ensancha el corazón. Este es el sentire cum Ordine que necesitamos: no una adhesión institucional, sino una verdadera espiritualidad de la comunión. Si ésta es un don, nuestra tarea no consiste tanto en construir un nosotros como en aprender a reconocerlo y recibirlo. Es un trabajo espiritual, hecho de atención y conversión, para que lo que ya es verdad llegue a serlo también para mí. El mismo verbo sentire lo expresa bien, no se trata solamente de organizar mejor nuestra pertenencia, sino de sentirla, hasta poder experimentar: lo que sucede a las Escuelas Pías me concierne.

Al final, la cuestión de la comunión termina siendo muy concreta: ¿Qué decisión tomaríamos de manera diferente si pensáramos primero como Escuelas Pías y después como comunidad, obra o Demarcación?
Una pregunta todavía más sencilla (y más difícil): Cuando digo nosotros, ¿a quién incluye realmente este nosotros?Tal vez sea una buena pregunta para nuestras comunidades, equipos, obras y Capítulos. Y también para cada uno de nosotros.
Jesús pidió al Padre que fuéramos uno. No para que fuéramos más fuertes, ni siquiera para que nuestra organización funcionara mejor, sino para que el mundo crea.
Que san José Calasanz nos enseñe a ensanchar nuestro corazón para sentir como propio todo lo que se vive en las Escuelas Pías.
Que Dios, Padre bueno, nos conceda la gracia de reconocernos los unos en los otros, y haga de las Escuelas Pías una verdadera comunión para la misión.
Amén.

P. Carles, Sch.P. Padre General. San Pantaleo, 28 de agosto de 2026, san Agustín.


[1] Formulación especialmente significativa en Martin Buber, Yo y Tú (Ich und Du, 1923), y, de modo más amplio, en la tradición personalista, particularmente en Emmanuel Mounier.
[2] Multi homines sunt, et unus homo est; multi enim Christiani, et unus Christus […] non ille unus et nos multi, sed et nos multi in illo uno unum. San Agustín, Enarrationes in Psalmos 127, 3.
[3] León XIV, Discurso a los educadores, con motivo del Jubileo del Mundo Educativo, 31 de octubre de 2025.