Gerd Theissen es un biblista protestante alemán, nacido en 1943, profesor durante casi treinta años en Heidelberg, que desde los años setenta leyó el Nuevo Testamento con una pregunta que la teología no se hacía: quiénes eran, de qué vivían y qué arriesgaban las personas que siguieron a Jesús. Su libro más leído no es un tratado sino una novela, La sombra del Galileo, donde un joven judío sigue las huellas de Jesús sin verlo nunca de frente. Es el número diez de mi lista de autores, y estos son los tres libros con los que empezaría.
Andrés es un comerciante judío de Séforis, la capital de Galilea, y los romanos lo tienen agarrado: lo detuvieron en una protesta y Pilato le ofrece la libertad a cambio de un informe sobre los movimientos religiosos que andan por la región. Andrés recorre Galilea preguntando por un tal Jesús de Nazaret. Habla con gente que lo oyó, con un recaudador que comió con él, con una familia de un pueblo donde sanó a alguien, con esenios, con bandidos, con un hombre que le tiene miedo. Nunca lo ve. Y el lector termina la novela sabiendo más sobre Jesús que después de muchos sermones, porque lo ha visto como lo vieron los vecinos: de lado, en la sombra que dejaba. Así es La sombra del Galileo, y así lee Theissen todo el Nuevo Testamento: desde la gente de alrededor.
Los primeros cristianos eran gente. Theissen le devolvió cuerpo a la iglesia primitiva: gente con oficio, con deudas, con familia o sin ella, en pueblos concretos, bajo un imperio concreto. Después de leerlo, uno no puede volver a imaginar a los discípulos como figuras de vitral.
Los milagros se estudian como relatos. Su habilitación sobre los relatos de milagros no pregunta si Jesús sanó a alguien, sino qué hacía un relato de sanación en una comunidad del primer siglo: qué esperanza sostenía, qué protesta contenía, contra qué se levantaba. Eso permite leer los milagros con seriedad sin tener que elegir entre el crédulo y el escéptico.
Los detalles del paisaje son pruebas. En Colorido local y contexto histórico en los evangelios Theissen muestra que los pequeños datos de los relatos, un nombre de pueblo, una moneda, una costumbre, un cargo romano, permiten fechar y ubicar las tradiciones sobre Jesús con más precisión que las grandes teorías. Es trabajo de detective, y se lee como tal.
Se puede investigar y contar. Theissen es de los pocos académicos de primer nivel que se tomó el trabajo de escribir para todos. La novela es el ejemplo, pero también sus libros sobre el Jesús histórico, ordenados como manuales, con las fuentes y los argumentos a la vista, para que el lector juzgue.
Lo que me enseñó a mí
Cuando escribo que Jesús creció en Nazaret oyendo las historias de sus antepasados, las de un Dios que se ponía del lado de los que perdían, las de un pueblo sacado de la esclavitud, estoy siguiendo a Theissen, que fue el primero que me hizo preguntarme qué oía un niño judío en una aldea de Galilea. Él me enseñó a mirar alrededor de Jesús: a los vecinos, a los que lo mantenían, a los que se fueron con él dejando la barca, a los que se quedaron. Y me enseñó que las dos cosas eran seguir a Jesús: irse con él por los caminos y quedarse en el pueblo a abrirle la puerta al que volvía. Eso me sirve cuando alguien se siente menos cristiano por no haber dejado todo: la iglesia de Galilea también era la casa que ponía la mesa.
De él saqué también un dato que uso cuando alguien está en lo más oscuro de un cambio: en tiempos de Jesús, para los judíos el día siguiente no empezaba con el sol de la mañana, sino al ponerse el sol.
Y me enseñó que la investigación bíblica más seria puede caber en una novela. Cada vez que intento contar el evangelio sin resumirlo, con gente y con calles, le debo algo al comerciante Andrés.
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