Una reflexión que nos hace pensar… y axctuar.
Yuval Noah Harari abre su análisis con una imagen que casi todos reconocemos, una familia frente a su casa propia, un auto en la entrada, ropa decente. No muestra riqueza, muestra estabilidad. Para Harari, esa fotografía retrata la promesa que las sociedades industriales del siglo XX hicieron a sus ciudadanos y cumplieron durante un período históricamente breve. Hoy, sostiene, esa promesa se está quebrando.
Su primer argumento es histórico. La clase media no es una categoría natural de las sociedades humanas, sino una construcción reciente que necesitó condiciones muy específicas, sindicatos y marcos laborales que repartieron parte del crecimiento, educación pública masiva, estados de bienestar y una tecnología industrial que demandaba millones de trabajadores de complejidad media. Técnicos, contables, administrativos, supervisores. La tecnología creó la demanda y el Estado aseguró que se tradujera en seguridad.
INTELIGENCIA ARTIFICIAL
Por eso su diagnóstico apunta a lo estructural. Para Harari, la clase media no atraviesa una crisis pasajera ni espera un nuevo ciclo económico. Se disuelve por la confluencia de tres fuerzas, la globalización del capital, la automatización del trabajo cognitivo y la concentración de los rendimientos tecnológicos en una fracción cada vez más pequeña de la población. Tomás Piketty ya había mostrado en El capital en el siglo XXI (2013) que la etapa de relativa igualdad fue una excepción histórica, y no la regla.
Lo que llega con la inteligencia artificial, plantea Harari, es la aceleración. Se elimina el trabajo de complejidad media, el de baja complejidad persiste con salarios mínimos y una élite que posee o diseña los sistemas captura el valor. David Autor describió esa polarización en Por qué todavía hay tantos empleos (2015), crecen los extremos y se achica el centro. Acá corresponde una precisión. La estimación de que entre el 40 y el 60% de las tareas cognitivas intermedias podrían automatizarse hacia 2035 es una proyección y no un hecho, y los especialistas discuten los métodos. Lo sólido es la dirección de la tendencia.
VIDAS FRAGMENTADAS
El punto más potente del análisis es el que menos aparece en los debates económicos, la pérdida del horizonte temporal. Un trabajador de 1975 podía asumir que su empleo existiría en cinco años y que su hijo accedería a algo similar o mejor. Esa capacidad de planificar era una forma de riqueza que ninguna estadística registraba. Guy Standing la describió en El precariado (2011), vidas laborales fragmentadas, sin identidad profesional estable ni seguridad sobre el futuro.
Como estudiante permanente del aprendizaje, creo que este es el núcleo del problema. Quien vive con un futuro opaco comprime su mirada al corto plazo, y no por irresponsabilidad, sino porque el largo plazo es demasiado incierto para decidir con él. Esa compresión afecta los vínculos, la crianza, la participación política y también la posibilidad de sostener aprendizajes largos. Harari recuerda el antiguo proverbio romano del árbol cuya sombra no veremos, solo lo planta quien cree que habrá un futuro para sus nietos. Cuando esa creencia se erosiona, los árboles dejan de plantarse.
RESPUESTAS
De ahí su advertencia sobre la bifurcación social. Hacia 2035, si nada cambia, habría dos experiencias humanas tan distintas que costaría sostener que pertenecen a la misma sociedad, una minoría con capital, habilidades de alto nivel y redes de acceso, y una mayoría en precariedad estructural. Una separación que sería también espacial, educativa, sanitaria y política. Harari la compara con el feudalismo, no como retorno literal, sino como reconstitución de una sociedad donde la posición de origen define el destino.
Ahora bien, su análisis no termina en el pesimismo. Distingue dos respuestas posibles ante una crisis de esta magnitud. La autoritaria ofrece culpables visibles y promete restaurar un mundo irrecuperable. La democrática profunda reconoce la complejidad, construye instituciones nuevas y distribuye poder. Es más lenta y conflictiva, pero la única con posibilidades reales de producir una sociedad valiosa del otro lado.
Y para que esa segunda respuesta exista, Harari señala algo escaso, ciudadanos que entiendan el momento que viven. Que resistan tanto el optimismo tecnológico ingenuo como el catastrofismo paralizante. Ahí la educación deja de ser un trámite y se vuelve una herramienta de supervivencia democrática. Los marcos fiscales, la regulación global de la IA y el reentrenamiento a escala son decisiones políticas, no destinos técnicos.
La fotografía familiar no volverá igual. Pero la conversación sobre qué fotografía queremos en 2035 sigue abierta, y cada ciclo electoral que la evita cierra un poco más la ventana. (Julio César Cháves)
