Una palabra tan deseada como frágil: Paz.
Una de las palabras más pronunciadas y, sin embargo, más heridas de nuestro tiempo. La invocamos en Navidad, la deseamos en los discursos, la reclaman quienes sufren… pero con demasiada frecuencia sigue ausente de nuestras vidas y de nuestra convivencia.
La paz resuena hoy con insistencia, pero con escasa fuerza conciliadora, en un mundo atravesado por múltiples conflictos, por tensiones sociales persistentes, por polarizaciones que desgastan la convivencia y por violencias, a veces silenciosas, que se infiltran en la vida cotidiana. El Papa Francisco hablaba con lucidez de una tercera guerra mundial a pedazos[1], y esa expresión sigue describiendo con crudeza nuestro tiempo. Ni siquiera la Navidad logra ya hacer respetar los armisticios. Vivimos así, rodeados de conflictos que nos acostumbran al ruido, a la desconfianza, a una inquietud de fondo que termina instalándose también en el corazón, y puede transformarse en miedo, un pésimo compañero, especialmente cuando se nos pide discernir y tomar decisiones comunes, también a la hora de votar.
Frente a este panorama, no es casual que para el Papa León XIV la paz sea central en su pontificado, desde la tarde misma de su elección como Obispo de Roma. Él nos recuerda que el saludo pascual de Jesús «¡La paz esté con ustedes!» que no sólo desea, sino que realiza un cambio definitivo en quien la recibe y, de ese modo, en toda la realidad[2]. Por eso habla de la más silenciosa de las revoluciones, repetida cada día por la Iglesia en todo el mundo.
La paz verdadera no nace de fórmulas teóricas, sino de la experiencia de quienes la habitan en contextos reales,heridos, y la sostienen con humilde esperanza.
¿En qué momentos hemos experimentado que, aun hablando de paz, el corazón permanece inquieto y la convivencia se resiente?
En Navidad, Jesús, el Príncipe de la paz.
La Navidad nos introduce en una paradoja: se nos anuncia el cumplimiento de la profecía de Isaías, dónde Jesús es presentado como el Príncipe de la paz (Sar Shalom) y, sin embargo, el contraste es evidente. No nace en un mundo pacificado ni trae una paz impuesta o un triunfo aparente. Nace en la fragilidad, en la periferia, en la intemperie.
La paz cristiana no comienza eliminando el conflicto; comienza habitándolo de otra manera. La paz evangélica tiene que ver con una forma de estar, no solo con una situación externa.
El 1 de enero, la paz como tarea confiada.
No es casual, ni simplemente simbólico, que la Iglesia haya querido situar la Jornada Mundial de la Paz en el primer día del año. Comenzar así el calendario es una elección profundamente pedagógica y espiritual. Desde que san Pablo VI instituyó esta Jornada, la Iglesia quiso ofrecer un gesto sencillo y elocuente, colocar la paz en el umbral del tiempo que se abre, como horizonte al que estamos llamados a avanzar desde el primer día, y como criterio. Celebrarla junto a la solemnidad de María, Madre de Dios, refuerza aún más su significado.
La paz no es solo don; es tarea confiada. Nos recuerda León XIV que antes de ser una meta, la paz es una presencia y un camino. Y todavía: Si la paz no es una realidad experimentada, para custodiar y cultivar, la agresividad se difunde en la vida doméstica y en la vida pública.
La paz no es mera ausencia de guerra: es shalom [3], integridad, armonía, plenitud, una vida reconciliada consigo misma, con los demás y con Dios.
Si la Iglesia nos invita a abrir el año poniendo la paz en el centro, es bueno que nos preguntemos: ¿de qué modo nuestra vida, nuestro estilo educativo y nuestra presencia cotidiana pueden convertirse en un verdadero acto de reconciliación comunitaria y social, de transformación, capaz de abrir caminos de convivencia allí donde hoy hay fragmentación?
No hay paz sin justicia, porque toda convivencia herida acaba reclamando reparación y equidad. No hay paz sin cuidado del otro, porque allí donde el prójimo es ignorado o descartado, la violencia encuentra siempre un terreno fértil. No hay paz sin verdad, porque la mentira y la negación terminan erosionando cualquier intento de reconciliación. Toda paz social, comunitaria o institucional se vuelve frágil y se resiente cuando no se ancla en algo más hondo que la sostenga.
La paz del corazón.
Llegamos a un giro decisivo: de la paz que anhelamos fuera a la paz que estamos llamados a cuidar dentro. No se trata de oponerlas, sino de reconocer que toda paz visible se debilita cuando el corazón permanece agitado.
Vivimos tiempos marcados por el hacer eficiente (tan eficiente que nunca termina): agendas saturadas, listas de las listas de tareas, bandejas de entrada que jamás se vacían, compromisos y proyectos que se encadenan sin pausa.
Y entonces la pregunta se impone, no como reproche sino como interpelación honesta: ¿cuánta paz habita hoy en nuestro corazón?
Un joven me preguntó, con una claridad que no olvido: ¿Cómo es posible que, siendo personas de oración, enraizados en comunidades y con procesos formativos cuidados, a veces dejemos entrever tan poca paz en el rostro y en la convivencia cotidiana? Ese interrogante me sigue acompañando todavía.
Si un corazón no está pacificado por dentro, ¿cómo podrá irradiar paz fuera? ¿Qué paz puede transmitirse quien la ha negociado por prisas y tensiones cotidianas?
Esto se nota no solo en las comunidades, sino también en las escuelas, en las casas de formación, e incluso en una simple reunión: ¿Quién no ha sentido cómo una expresión crispada desactiva la posibilidad de una buena escucha? En los encuentros en línea, donde la comunicación se reduce casi por completo al rostro y a la voz, este efecto se vuelve todavía más evidente. Un gesto, una mirada, una tensión apenas disimulada pueden bloquear el diálogo o, por el contrario, abrir un espacio de confianza. No hablo de sonrisa fácil ni de alegría superficial. Hablo de paz interior, esa que no se finge, sino que brota cuando el corazón ha encontrado su equilibrio.
La paz según Dilexit nos: un corazón unificado.
El Papa Francisco nos recuerda en Dilexit nos que un corazón unido al de Cristo transforma también nuestras relaciones. Como él escribe: Nuestras comunidades solo desde el corazón lograrán unir sus inteligencias y voluntades diversas y pacificarlas para que el Espíritu nos guíe como red de hermanos, ya que pacificar también es tarea del corazón… y construir en este mundo el Reino de amor y de justicia. Nuestro corazón unido al de Cristo es capaz de este milagro social.[4]
Un corazón pacificado no es un corazón anestesiado ni ajeno a la lucha interior. La paz no consiste en la ausencia de combate, sino en el camino hacia una reconciliación profunda, en un corazón que vuelve a su centro y se ancla en el amor de Jesús. Cuando esto sucede, la tempestad exterior no desaparece, pero deja de hundirnos. Solo cuando la paz habita el corazón puede comenzar a habitar el mundo.
Resonancia mística: la guardia del corazón.
La tradición de los Padres del Desierto, con su enseñanza sobre la guardia del corazón (nepsis[5]), nos recuerda que la paz interior no es algo automático, sino algo que se cuida. No se trata de negar el propio mundo interior, sino de aprender a vigilar los movimientos del corazón: detener los pensamientos que inquietan y desordenan, y acoger aquellos que conducen a la verdad, al amor y a una mayor unificación interior.
San José Calasanz vivió en medio de pruebas prolongadas, incomprensiones y auténticas persecuciones sufridas por su propia Orden, y sin embargo su corazón permaneció sereno. No porque no hubiera conflicto (lo hubo, y muy duro), sino porque aprendió a custodiar su centro y a no dejar que la tempestad exterior le robara la paz interior.
Desde esa experiencia nacen palabras de una sorprendente actualidad pastoral y espiritual: Le exhorto en cuanto sé y puedo a que por ningún acontecimiento por grave que sea, pierda V. S. la paz interior, sino que procure conservar siempre su corazón tranquilo y unido a Dios, recurriendo a la oración cuando más turbada esté, porque el Señor suele entonces aquietar la tempestad del mar.[6]
Se trata de una paz que no elimina la prueba, pero que impide que la prueba desplace el corazón de su verdadero centro.
¿Estamos dispuestos a ser centinelas de nuestro propio corazón? ¿A qué pensamientos, silencios o temores les damos voz, y cuáles cerramos a la entrada?
Una paz que se contagia.
La paz no se proclama solo con palabras. Se transmite por presencia, estilo, mirada y acompañamiento. Se contagia cuando alguien sabe estar en paz consigo mismo y ofrece ese don con sencillez, no como algo propio, sino como regalo de Jesús. Esta paz no se improvisa, se aprende y se cuida en lo concreto de la vida compartida. Nuestras comunidades y equipos de trabajo están llamados a ser verdaderos lugares de aprendizaje de la paz, donde se ejercitan la escucha, el manejo de los conflictos, el respeto, y la reconciliación. Allí donde hay personas que aprenden a vivir así, la paz comienza a circular y a hacerse visible.
En este sentido, nuestras comunidades y espacios de convivencia pueden convertirse, con humildad y realismo, en auténticos talleres de paz, donde se cuidan los gestos, se crean oportunidades explícitas para expresar tensiones de manera respetuosa y se protege la verdad de los vínculos incluso en el desacuerdo.
Por eso quisiera abrir una invitación, ¿qué prácticas, dinámicas o experiencias nos ayudan de verdad a crecer en esta dimensión? ¿Qué talleres, propuestas o caminos sencillos podrían ayudarnos a hacer de nuestras Escuelas Pías un lugar donde la paz no solo se desea, sino que se aprende, se ensaya y se transmite?
Quisiera despedirme confiándoos a una de las palabras más antiguas y más bellas de la Escritura, proclamada precisamente en la liturgia del día 1 de enero, la bendición de Aarón. No es un deseo bienintencionado, es una palabra eficaz, pronunciada para ser recibida y acogida, capaz de situar la vida bajo la mirada de Dios. Su fuerza es inmensa, porque no promete la ausencia de dificultades, sino la presencia fiel del Señor en medio de ellas.
El Señor te bendiga y te proteja,
ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor.
El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz[7].
Amén.
Con afecto y en comunión, P. Carles, Sch. P.
1 de enero de 2026, Solemnidad de María, Madre de Dios, LIX Jornada Mundial de la Paz, de camino hacia Bangalore, India.
