Según cuenta María Ansó, coordinadora de la sede de Pamplona, “todas nuestras iniciativas giran en torno a la educación. Es decir, en los hogares de acogida, por ejemplo, les hacemos saber a los participantes que ellos están aquí porque queremos que estudien y tengan un futuro”. La situación de estas personas que forman parte de los programas de Itaka es “cada vez más complicada”, dice. “Aunque algunos tienen vidas más estructuradas, otros están en riesgo de desahucio, viven en la calle o comparten una habitación con su familia y con varias maletas donde tienen metida toda su vida y que ocupan la mitad del espacio que tienen para vivir”, revela la coordinadora.
Pero la labor de Itaka se extiende mucho más allá. Durante el curso 2023-2024, en el Estado, el proyecto acompañó a cerca de 800 personas en su desarrollo laboral, personal y social. Asimismo, la entidad gestionó 23 centros educativos que brindaron atención a unos 11.900 menores en países como Bolivia, Camerún, Mozambique o la República Democrática del Congo, e impulsó la educación en valores de 70 centros en lugares como Benín, Burkina Faso, Costa de Marfil, Filipinas y muchos más.
Igualmente, administró cuatro comedores escolares en Venezuela y cinco en Camerún que aseguraron una alimentación equilibrada a unos 2.550 niños y niñas, y brindó alojamiento y apoyo a cerca de 800 personas en distintos lugares del mundo.
Para formar parte de una sociedad y poder aspirar a una vida más digna es necesario que las personas migrantes conozcan el idioma. En los proyectos 2024-2023, Itaka ofreció más de 50 cursos de alfabetización para unas 660 personas. En este sentido, añade Ansó, “es muy complicado enseñar a leer y escribir en castellano a personas que no saben hacerlo en su lengua materna”, pero, al mismo tiempo, “es fundamental para que puedan obtener un trabajo o gestionar sus propios trámites burocráticos”.
En ocasiones, los voluntarios se topan con barreras lingüísticas complicadas de atravesar. “Hace poco vino un joven que solo hablaba mandinká, una lengua de la República Democrática del Congo que no éramos capaces de traducir”. En estos casos, suele ser alguno de los participantes quien se encarga de hacer de intérprete de su compañero –“de ahí que digamos participantes y no usuarios, porque ellos también colaboran”, apunta Ansó.
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