Surge el nombre de Immanuel Kant y su obra de 1795, La paz perpetua. ¿Es lo que escribió este hombre hace más de dos siglos una posibilidad real o simplemente el sueño de un filósofo encerrado en su despacho?
Kant fue muy claro: la guerra no es un accidente, es el resultado de vivir en un estado de naturaleza donde no hay un juez por encima de los países. Su solución suena tan lógica como difícil: un contrato global, un Estado Universal con leyes que todos acaten. Pero él mismo, que no tenía un pelo de tonto, sabía que los reyes (y hoy los presidentes y mandatarios) no sueltan su poder, así como así. Por eso propuso algo más terrenal: federaciones de paz, grupos de países vecinos que decidan, por puro sentido común, que la violencia no es la vía.
El problema de los «Hombres Fuertes» vs. las Instituciones
Lo que más me preocupa es que seguimos dependiendo del carácter de los líderes y no de la fuerza de las leyes. Si un líder se levanta con ganas de «hacer historia» o necesita una guerra para subir en las encuestas, el sistema actual no tiene un freno de mano efectivo. Estamos todos a merced de personalidades narcisistas que ven el mundo como un tablero de ajedrez, olvidando que cada pieza es una vida humana.
¿Qué se podría gestar a partir de ahora?
Para que lo de Kant deje de ser una utopía de examen y pase a ser una realidad, necesitamos evolucionar. No se trata de esperar a que llegue un líder bueno, porque los líderes pasan, sino de crear estructuras que no dependan de ellos:
- Una justicia que no mire el pasaporte: Que un crimen de guerra se pague igual si lo comete una superpotencia o un país pequeño. Necesitamos una Corte Penal Internacional con capacidad ejecutiva real, que no dependa de si el líder de turno decide o no acatar la sentencia.
- Democratizar la paz: Que las decisiones de guerra y paz en la ONU no se bloqueen por un solo país. Si la mayoría del mundo dice basta, debería ser obligatorio parar.
- La Federación desde la base: La paz no debería descender de una oficina en Nueva York, sino que debería emerger de regiones tan profundamente integradas en lo económico y lo humano que la guerra deje de ser una herramienta de poder y se convierta, sencillamente, en un suicidio colectivo.
En definitiva… Kant nos dejó el mapa, pero nosotros nos hemos perdido por el camino persiguiendo banderas y egos. No sé si la «Paz perpetua» es posible, pero sí sé que la alternativa —la guerra perpetua— ya la conocemos demasiado bien. Al final, la política debería ser eso: el esfuerzo constante por no dejarnos llevar por nuestros instintos más oscuros. ¿Seremos capaces de crear ese «juez externo» antes de que sea demasiado tarde?
