CONDENA MORAL DE LA MERA POSESIÓN DE BOMBAS ATÓMICAS
10/08/2026
El aniversario del lanzamiento —el 6 de agosto de 1945— de la primera bomba atómica contra la población civil, en Hiroshima, nos lleva a reiterar la severísima condena moral incluso contra la mera posesión de esa arma mortífera, tal y como reiteró Francisco hace dos años en la ciudad japonesa.
En comparación con 1945, cuando solo Estados Unidos poseía la «bomba», poco a poco ha ido aumentando en el mundo el número de potencias nucleares: oficialmente son hoy ocho (EE. UU., Rusia, Gran Bretaña, Francia, China, Corea del Norte, India y Pakistán); a ellas se suma una novena, Israel, que, de hecho, ha admitido poseerla. El pasado mes de febrero, precisamente para impedir que Irán creara ese terrible instrumento de guerra, el presidente estadounidense, Donald Trump, y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ordenaron a sus Fuerzas Armadas bombardear la República Islámica.
En 1965, cuando en el Concilio Vaticano II se abordó la constitución «Gaudium et spes», al hablar de la paz y la guerra, la Asamblea condenó el uso de la bomba nuclear; pero se mostró muy indecisa a la hora de condenar la mera «posesión» de esa arma letal. Finalmente, en el n.º 78, afirmará: «Los hombres, en cuanto pecadores, están y estarán siempre bajo la amenaza de la guerra hasta la venida de Cristo; pero en la medida en que logran, unidos en el amor, vencer el pecado, vencen también la violencia, hasta que se cumpla aquella palabra divina: “De sus espadas harán arados y de sus lanzas, hoces”» (Isaías 2,4).