Queridos hermanos y hermanas en las Escuelas Pías,
Os escribimos desde San Pantaleo, la Casa General, donde reposa san José Calasanz y donde vivió los últimos años de su vida, entregado a aquella escuela popular y cristiana que había nacido pocos años antes en Santa Dorotea. Aquí, parece que todo nos habla de él. Cada 25 de agosto celebramos su memoria y damos gracias por su vida. Pero esta fiesta también nos invita a preguntarnos: ¿cómo nos inspira Calasanz hoy?
Cuando pensamos en él, ¿qué imagen nos viene a la mente? ¿El sacerdote que descubre en las calles de Roma a tantos niños sin escuela? ¿El maestro rodeado de sus alumnos? ¿El fundador que reúne a sus primeros compañeros? ¿El anciano que permanece sereno y firme en la esperanza cuando su obra parece derrumbarse? ¿Qué fuerza nos transmite? ¿Cómo nos ayuda a sentirnos y vivir como escolapios?
Necesitamos hablar más de Calasanz, conocer mejor su vida y sus escritos, compartir lo que despierta en nosotros y preguntarnos cómo vivir hoy su intuición fundamental. San José Calasanz no es solamente una figura venerable de nuestra historia. También accedemos a él cuando educamos con paciencia, defendemos la dignidad de los pequeños, acompañamos a una familia, u ofrecemos una oportunidad para quien parecía no tener ninguna…
El Evangelio de nuestra fiesta nos recuerda que Jesús puso a un niño en medio de sus discípulos y les dijo: Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos (Mt 18, 4).
Calasanz entendió este Evangelio con toda su vida. Antes de enseñar nada, se dejó enseñar por aquellos niños: su realidad cambió sus planes y el rumbo de su vida. Y comprendió que ese desplazamiento solo es posible desde la humildad. Así se lo pedía a quien tenía a su cargo una de nuestras primeras comunidades:
Todos deberían esforzarse en llegar a ser el más humilde, porque el que adelante a los demás será el más santo en la presencia de Dios. Anímelos V. R. con el ejemplo, sirviéndoles a la mesa algunas veces, besándoles los pies y echándoles una mano en las cosas más ordinarias, porque estas acciones y otras semejantes, hechas para ayudar al prójimo, son de gran mérito en la presencia de Dios[1].
Esta humildad no es debilidad ni falta de iniciativa. Es la libertad de quien no necesita ocupar el primer lugar porque ha descubierto la grandeza de servir. Es la actitud de quien no se limita a decir a los demás lo que deben hacer, sino que se implica personalmente, da ejemplo y comparte también las tareas más sencillas.
Este año, la fiesta nos encuentra con esa página del Evangelio abierta de un modo bien concreto. Los terremotos que golpearon Venezuela el pasado 24 de junio y Colombia el 10 de agosto nos sitúan ante el sufrimiento de tantas personas que han perdido familiares, viviendas, escuelas y medios de vida. Echar una mano en las cosas más ordinarias tiene hoy, para nosotros, rostros y nombres. El carisma de Calasanz nos hermana y no nos permite permanecer indiferentes: nos impulsa a acompañar, sostener y reconstruir, y no solo los edificios dañados, sino también las heridas, algunas más profundas y menos visibles, que el miedo y la pérdida han dejado en las personas, en las familias y en las comunidades.
Queremos agradecer de corazón a los religiosos, a los laicos, a los educadores y a los voluntarios de las Demarcaciones afectadas todo lo que han hecho y siguen haciendo, y también a cuantos, desde otros lugares de la Orden, se han hecho presentes con su oración y su ayuda. Cuando una parte de las Escuelas Pías sufre, todos estamos llamados a hacernos cercanos: la comunión escolapia se expresa en la oración, pero también en la solidaridad y en la ayuda concreta.
Celebrar a Calasanz significa continuar su camino. Preguntarnos qué niños y niñas esperan que alguien los mire con su misma atención; qué pobrezas educativas reclaman nuestra presencia; qué tareas sencillas podemos asumir; qué seguridades debemos abandonar y qué decisiones valientes estamos llamados a tomar.
En esta fiesta pedimos su intercesión por nuestros alumnos y sus familias; por los educadores, trabajadores, agentes de pastoral y de acción social; por el laicado escolapio y las fraternidades; por todos los colaboradores de nuestra misión; y por los religiosos escolapios.
Que san José Calasanz nos enseñe a poner nuevamente a los pequeños en el centro, a servir con humildad y a vivir con alegría nuestra vocación escolapia.
¡Feliz fiesta de san José Calasanz!
San Pantaleo, Roma, 25 de agosto de 2026, La Congregación General de las Escuelas Pías
