Ese silencio no es una teoría piadosa. Quienes estuvimos en la vigilia de los jóvenes en la Plaza de Lima o en el Corpus en la Plaza de Cibeles presenciamos algo sobrecogedor: miles de personas en pleno corazón de Madrid y, de pronto, un silencio estruendoso, un «silencio que gritaba». En medio del asfalto, del tráfico y de las prisas, el aire parecía detenerse al alzar a Jesús en la Custodia. No era un silencio vacío, sino rotundo y lleno de presencia; el único capaz de acallar las prisas para escuchar lo importante mientras se adora al Maestro.
En su homilía en Asís, el papa León XIV recordaba el pasaje del monte Tabor: «Somos llevados un poco aparte y Jesús está con nosotros. Esto es lo que cuenta: su presencia». Ante semejante belleza, Pedro quiso congelar el tiempo y levantar tres tiendas. Pero el Pontífice fue tajante: «Hace falta entrar en esa conversación. No se puede permanecer sólo como espectadores».
El paralelismo es total. Las grandes plazas madrileñas o el sagrario de cualquier parroquia son nuestro Tabor particular. Ante la Eucaristía, Jesús nos vuelve a llevar aparte. No para instalarnos en una devoción cómoda ni para refugiarnos del mundo, sino para mirarle cara a cara. Es en ese silencio adorante, leyendo la Escritura junto a Él, donde el discernimiento cobra brillo y nos capacita para tomar decisiones valientes.
Esa valentía pasa a menudo por romper con las inercias y los miedos de nuestro propio entorno. El mismo Papa lo subrayaba en Asís con una lucidez profética:
Podemos incluso no ser comprendidos por los de nuestra propia casa, como le sucedió a san Francisco. Sin embargo, sustraerse a la cultura de la fuerza y abatir los muros que separan a los seres humanos entre sí, nunca es traicionar a la familia, a la ciudad, a la tradición, sino liberarlas de sus fantasmas, de enemigos inventados por miedo e ignorancia, de la violencia con la que se querría imponer el propio orden minúsculo sobre una realidad que nos desborda por completo.
El sagrario es nuestro Tabor diario: el lugar donde, en el silencio de la adoración y con la Biblia en la mano, afinamos el oído para dejar de ver la vida desde la barrera y salir a derribar los muros del miedo y la ignorancia.
León XIV lo dijo en Asís sin rodeos: «Estamos aquí para vencer la resignación y el miedo… Jesús nos llama a dialogar con su historia, para escribir nuevas páginas de la historia». Salir de uno mismo cura: nos desfiguramos cuando nos aislamos, pero nos transfiguramos en relaciones auténticas que dan vida. Y en ese viaje nunca vamos solos: la comunidad es la red donde aprendemos a no confundir las ocurrencias propias con la voz de Dios.
Por eso, la oración que se forja ante el sagrario siempre acaba en las botas de la misión. El mandato que León XIV nos lanzó en Asís no admite medias tintas:
El título de su encuentro —Go!— es una misión, un envío por caminos, de los que no tenemos mapas, porque se van abriendo escuchando al corazón, obedeciendo al Espíritu y siguiendo al Resucitado donde ha querido precedernos. Go! ¡Vayan! Mejor todavía: ¡vayamos! Let’s go! A los lugares marginales, donde la injusticia y la prepotencia de unos pocos niegan la dignidad y los sueños de muchos, de demasiados hijos e hijas de Dios.
Se trata, en definitiva, de una apuesta radical por la esperanza. «Apuesten, queridos jóvenes, por la civilización del amor», nos pedía el Papa en su despedida, urgiéndonos a unir las mejores energías de nuestra humanidad —estudios, trabajo, amistades, oración— para actualizar hoy el testimonio de san Francisco. Aquel célebre clamor que vuelve a sonar con fuerza:
¡Señor, haz de mí un instrumento de tu paz! Que allí donde haya odio, ponga yo el amor; donde haya ofensa, el perdón; donde haya discordia, la unión; donde haya duda, la fe; donde haya desesperación, la esperanza; donde haya tinieblas, la luz; donde haya tristeza, la alegría.
No nos quedemos en la montaña construyendo tiendas ni en la comodidad del confort conocido. La fe no se contempla desde la barrera: Jesús nos espera en el silencio del sagrario para enviarnos a escribir la historia junto a Él.
Por eso, al apagar la pantalla y volver a la calle, la pregunta ya no es qué hará la sociedad ni qué dirán los de siempre, sino una inquietante y personalísima llamada a tu propia conciencia: ¿Y tú? ¿Vas a seguir viendo pasar la historia como un espectador acomodado, o te vas a atrever a arriesgar la piel y escribir con tu vida la página que Dios soñó para ti?
