Vocación parece una palabra muy sonora, con uve de valor, porque vale mucho. La palabrita viene del latín y quiere decir “llamada”. La gente asocia eso de la vocación con monjas, curas y frailes y, a veces, les preguntan: ¿tienes vocación?
Además de la vocación al matrimonio, hay otras: el sacerdocio y la vida consagrada son las más conocidas. ¿De qué modo me llama Dios al sacerdocio o a la vida consagrada? Por teléfono seguro que no. Desconfía de esos que oyen voces divinas. Dios habla de muchas maneras: habla a través de los acontecimientos, habla cuando conoces a un sacerdote, a una monja o a un fraile, que te atraen por su modo de celebrar o de predicar, o por su entrega al estudio o a la oración; quizás por su dedicación a los pobres o por su modo de acoger a niños, ancianos o personas vulnerables. Cuando eso ocurre, esas vidas se convierten en pro-vocación. ¡Son importantes las provocaciones! También Dios habla cuando rezas o cuando necesitas un espacio de silencio para pensar lo que vas a hacer con tu vida.
¿Y cómo sé yo que Dios me dice eso? Garantías no hay. Pero te lo dice cuando te lo preguntas. El mero hecho de preguntártelo es ya una llamada de Dios. Te lo dice cuando te apasiona el Evangelio y te apasiona dar a conocer a otros esta estupenda noticia. Te lo dice cuando sientes deseos de fraternidad y quieres formar parte de una comunidad monástica o de una comunidad parroquial, que serán la más maravillosas del mundo en tu imaginación, pero luego en la realidad tendrás que ir construyendo cada día, con sus momentos de esfuerzo y también sus alegrías y delicias. Porque es una delicia vivir con los hermanos. Tendría gracia que Dios te llamase por medio de este escrito.