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Queridos hermanos y hermanas en las Escuelas Pías,
En el mundo antiguo el nombre no era simplemente una manera de distinguir a una persona de otra. Decía algo de quien lo llevaba: hablaba de su origen y, en ocasiones, era un nombre-profecía que contenía una promesa sobre su futuro. En el mundo bíblico, Abram será Abraham; Jacob será Israel; Simón será Pedro. Recibir un nombre nuevo significaba descubrir que la propia identidad no se agota en lo que uno ha sido, sino que se abre a lo que Dios ve en él y espera de él.
Qué sencillo sería si nuestro nombre contuviera ya escrito nuestro destino. Bastaría aprender su significado para saber quiénes somos y para qué hemos venido al mundo. Pero nuestra experiencia es otra. Recibimos una vida y necesitamos tiempo para descubrir qué queremos hacer con ella y, sobre todo, qué estamos llamados a hacer de ella.

Las preguntas que nos acompañan.
Hay preguntas que no resolvemos una vez para siempre. Nos acompañan y regresan con formulaciones diferentes en cada etapa de la vida: de ¿Quién soy? y ¿Qué quiero hacer con mi vida? a ¿Quién me llama?, ¿Dónde puedo amar más y mejor?, ¿Qué dolor del mundo no me deja dormir?, ¿Qué merece que le entregue mi tiempo, mis capacidades, mi única vida? y ¿A qué me invita Dios?
Cuando somos jóvenes las formulamos mirando hacia delante. Después vuelven cuando tomamos decisiones, atravesamos una crisis, asumimos nuevas responsabilidades o descubrimos que aquello que elegimos un día necesita ser nuevamente elegido. La vocación auténtica no elimina las preguntas, nos permite volver a ellas desde lugares cada vez más profundos.

Una vida necesita un para qué.
La búsqueda de este para qué tiene algo de radicalmente personal. Otros pueden acompañarme y aconsejarme, pero llega un momento en que la respuesta es mía, íntima e intransferible. Podemos aplazarla, distraernos o vivir durante años sin formularla claramente, pero no podemos delegarla. Cada uno tiene que responder con su propia vida a la pregunta de su propia vida.
La vocación no consiste solamente en escoger una profesión, un estado de vida o una tarea, sino en encontrar el hilo capaz de dar unidad y sentido a lo que somos. Podemos tener una vida llena de actividades y dejar que se nos vaya desdibujando, casi sin darnos cuenta, el para qué de todo lo que hacemos. También podemos atravesar dificultades que nos sacuden y conservar una serena unidad interior, porque sabemos por qué y para quién vivimos.
Algo decisivo sucede cuando dejamos de preguntarnos solamente qué queremos hacer con nuestra vida y nos atrevemos a preguntar a qué está llamada nuestra vida. Entonces cambia el centro de gravedad: la vida deja de ser únicamente un proyecto que construimos y se convierte en respuesta a una alianza.
Para un cristiano, esta pregunta se hace delante de Dios. La vocación no es un acertijo cuya solución Dios conoce y nosotros debemos adivinar: es una relación. Dios llama desde la realidad, desde los dones recibidos, desde nuestros deseos más verdaderos, desde las personas que pone en nuestro camino, desde las necesidades del mundo, desde su Palabra. Por eso necesitamos cuidar la vida espiritual. Vivimos rodeados de estímulos, opiniones y expectativas, y podemos saber mucho de lo que sucede fuera de nosotros y comprender poco de lo que nos ocurre dentro. Necesitamos aprender a escuchar a Dios y, al mismo tiempo, a escucharnos, porque nadie puede discernir una vida que no sabe leer.

Dios llama por nuestro nombre.
La Escritura está llena de historias vocacionales. Abraham tiene que salir. Moisés se siente incapaz. Samuel necesita que otro le ayude a comprender quién le está llamando. Jeremías piensa que es demasiado joven. María pregunta cómo podrá suceder aquello que se le anuncia. Los primeros discípulos dejan sus redes. Pablo descubre, en el camino, que toda una vida puede necesitar cambiar de dirección[1]. Y en los momentos decisivos, Dios pronuncia sencillamente un nombre, y a menudo lo pronuncia dos veces: Abraham, Abraham; Moisés, Moisés; Samuel, Samuel; Saulo, Saulo[2]. También María escucha su nombre antes de recibir una misión que transformará su existencia[3].
Ninguna de estas historias es igual a otra. Dios no trabaja con moldes. Hay llamadas luminosas y otras que se abren paso entre dudas; respuestas rápidas y procesos que necesitan años; personas que dicen enseguida aquí estoy y otras que presentan a Dios todas sus objeciones. Pero en todas, Dios entra en una historia concreta y esa historia adquiere una dimensión nueva.
Podemos leer así la vida de san José Calasanz. Su camino no estuvo diseñado desde el principio: buscó, estudió, fue sacerdote, asumió responsabilidades, viajó, tuvo proyectos, y siguió preguntándose. Fue ya en la madurez cuando el encuentro con los niños pobres de Roma reorganizó definitivamente su existencia. Me impresiona la libertad interior con la que se dejó sorprender por Dios cuando buena parte de su vida estaba ya recorrida. Aquellos niños no fueron una actividad más en su biografía, sino el lugar desde el que comprendió de otra manera toda su vida. Encontró dónde entregarla.
También nosotros necesitamos conservar esa libertad. La vocación no pertenece solo a los comienzos ni se tiene, como si un día quedara definitivamente poseída y resuelta. La vocación se acoge, se discierne, se vive y se vuelve a elegir.

Dios sigue llamando.
Estoy profundamente convencido de ello: Dios sigue llamando hoy. Llama a hombres y mujeres a amar, a formar una familia, a educar, a cuidar, a servir, a entregar la vida. Y sigue llamando también a la vida religiosa escolapia. Sé que en algunos lugares de la Orden las vocaciones son escasas y que esa realidad pesa en nuestras comunidades y, a veces, genera cansancio. No quiero ignorarlo. Pero la escasez no es silencio de Dios. Mientras en unas regiones vivimos tiempos de siembra paciente, en otras la Orden ve nacer con alegría nuevas vocaciones que nos recuerdan a todos que el legado de Calasanz sigue siendo necesario y fecundo.
Hay algo muy hermoso en un joven que descubre que puede entregar toda su vida a Dios, vivirla en comunidad y ponerla al servicio de los niños, niñas y jóvenes, especialmente de quienes más lo necesitan. No porque el camino vaya a ser fácil, sino porque ha encontrado un lugar desde el que su vida puede hacerse don. Es igualmente hermoso ver a tantos laicos y laicas que descubren en Calasanz, en su espiritualidad y en su misión, el lugar desde el que vivir su propia vocación. Lo escolapio puede ser el lugar desde el que descubrir cómo vivir, servir y entregar la propia vida.
Una de las mayores alegrías que experimento en mis visitas por la Orden es escuchar relatos vocacionales de jóvenes en formación inicial, de alumnos de los últimos cursos, de universitarios, de jóvenes del Movimiento Calasanz, de educadores, de equipos directivos y de miembros de las Fraternidades. Historias muy distintas con algo precioso en común: alguien comienza a descubrir que su vida está llamada a algo que la desborda.
Algunas las he escuchado en lugares marcados por la pobreza, la violencia o el conflicto, en jóvenes que tendrían muchas razones para limitarse a sobrevivir y que, sin embargo, siguen preguntándose qué pueden ofrecer y a quién pueden servir. Siempre me conmueve. La vocación no espera a que todas las condiciones sean favorables; a veces se abre paso precisamente allí donde la vida tiene que luchar con más fuerza por la esperanza.

Ayudar a hacerse la pregunta.
Aquí tenemos una responsabilidad muy escolapia. Si educar es acompañar a una persona para que llegue a ser quien está llamada a ser, la dimensión vocacional pertenece al corazón de nuestra misión educativa.
Pienso especialmente en los jóvenes que atraviesan etapas de transición: el final de la escuela, el paso a la universidad, la entrada en el mundo profesional. Son años llenos de elecciones sobre estudios, relaciones, proyectos y estilos de vida. Pero junto a todas esas preguntas hay una más honda que no deberíamos dejarles afrontar solos: ¿a qué está llamada mi vida a través de todas estas decisiones?
No tenemos que responder por ellos; no podríamos hacerlo. Nuestra tarea es ayudarles a formular la pregunta y acompañarlos con profundo respeto a su libertad. Calasanz lo expresa con una sencillez preciosa cuando, hablando de un joven que deseaba hacerse religioso, escribe: No me ha escrito V. S. más de aquel jovencito de Sezze, pariente de José, que dice querer hacerse religioso. Yo le he escrito que quería verle. Si está inclinado a otra religión, me dará tanto gusto como si lo estuviera a la nuestra, con tal de que se dedique al servicio del Señor»[4]. No se trata de atraer hacia nosotros, sino de ayudar a cada joven a descubrir dónde puede responder con verdad a la llamada que ha recibido.

Estar presentes cuando nace la pregunta.
Esa pregunta no aparece cuando nosotros la programamos. Surge en una conversación a deshoras, en la convivencia de un grupo, al volver de una experiencia de voluntariado, en una noche de dudas del primer año de universidad. Por eso es tan importante que estemos ahí. El Movimiento Calasanz, nuestra presencia en los ambientes universitarios y las propuestas de voluntariado… son los lugares donde podemos acompañar a nuestros jóvenes cuando nacen en ellos las preguntas que deciden una vida.
Me gusta mucho la expresión tejer, que se utilizó en el encuentro de pastoral vocacional de la Circunscripción de América. Acompañar vocaciones consiste en tejer espacios donde un joven pueda detenerse, escucharse y escuchar a Dios; comunidades donde sea hermoso vivir; escuelas con adultos significativos; grupos donde hablar de sus deseos y sus miedos; experiencias de servicio que le permitan salir de sí mismo; religiosos y laicos capaces de contar con sencillez por qué viven como viven.
No podemos fabricar vocaciones. La llamada pertenece a Dios y la respuesta, a la libertad sagrada de cada persona. Pero estar junto a un niño, una niña o un joven el día en que se atreve a formularse la pregunta de su vocación es una de las cosas más genuinas que podemos ofrecerle como educadores escolapios.

La alegría también llama.
¿Puede contagiarse una vocación? En realidad, no: cada llamada es única. Pero sí podemos contagiar el deseo de buscarla.
A menudo queremos compartir aquello que nos hace felices. Un escolapio feliz no necesita decir a un joven tienes que ser como yo; su propia vida dice algo mucho más importante: merece la pena entregar la vida. Una familia que se ama, una educadora apasionada, un joven comprometido, un miembro de la Fraternidad que vive con hondura el carisma hacen visible que existen maneras hermosas de dedicar la vida. Esta alegría es lo que da credibilidad a cualquier invitación: ningún joven se sentirá llamado a una vida que no ve feliz.
Aquí tenemos también un buen criterio de discernimiento y de autenticidad. Una vocación verdadera no significa vivir siempre contentos ni libres de dificultades, pero debería ir haciendo nuestra vida más unificada, más libre, más disponible para amar, con la alegría de fondo de saber que estamos donde Dios nos quiere y donde nosotros mismos queremos estar.
Por eso una de nuestras mayores responsabilidades vocacionales es vivir agradecidos por la llamada recibida. No necesitamos entusiasmos artificiales, sino vidas verdaderas, capaces de mostrar que aquello que un día elegimos continúa mereciendo la pena.
Dios, Padre bueno, tú sigues pronunciando nombres. También el nuestro. Enséñanos a reconocer tu voz en medio de tantas voces, a descubrir tu llamada en cada etapa de la vida y a tener la libertad y la confianza necesarias para responderte. Que nuestra vida sea, cada día, una respuesta generosa a tu llamada.
Amén.

Con afecto y en comunión, P. Carles, Sch. P. Padre General de las Escuelas Pías.
San Pantaleo, Roma, 4 de octubre se 2026, fiesta de San Francisco.


[1] Abraham: Gn 12,1-4; Moisés: Ex 3,11 y 4,10; Samuel: 1 Sam 3,1-10; Jeremías: Jer 1,6; María: Lc 1,34; primeros discípulos: Mt 4,18-22; Pablo: Hch 9,1-19.
[2] Gn 22,11; Ex 3,4; 1 Sam 3,10; Hch 9,4. La tradición judía vio en esta repetición un gesto de ternura y de urgencia, como quien llama a alguien muy querido y no quiere que pase de largo.
[3] Lc 1,30.
[4] San José Calasanz, Opera Omnia, Vol. I, p. 147, carta del 13 de marzo de 1622.