El 12 de octubre nos convoca nuevamente a una fastidiosa batalla de relatos: descubrimiento contra conquista, leyenda rosa contra leyenda negra, orgullo civilizatorio contra indignación anticolonial. Pero el cristianismo puede aportar otro servicio a esta memoria. No el de bendecir retrospectivamente a unos ni el de condenar genealógicamente a otros, sino el de buscar, dentro de aquella historia contradictoria, a los testigos que comprendieron antes que muchos de sus contemporáneos que el Evangelio no podía anunciarse mediante la humillación del otro. Hombres y mujeres reconocidos como santos, beatos o simplemente como cristianos cuya memoria incomoda, porque tuvieron la osadía de escuchar el grito de las víctimas cuando resultaba mucho más cómodo mimetizarse en el relato triunfal.
Son los testigos del cristianismo y la Iglesia debería rescatarlos. Porque existe una forma sutil de traicionarlos después de muertos: la domesticación hagiográfica. Consiste en conservar sus virtudes privadas, sus ayunos, milagros y devociones, mientras se diluye aquello que los convirtió en profetas liberadores. No hace falta imaginar una conspiración institucional; solo basta venerar al profeta antes que dejarse interpelar por él. Una canonización puede recuperar una memoria profética o convertirla en estampita. A Romero se le puede encender una vela y olvidar por qué lo mataron; a Pedro Claver admirarlo por su caridad sin preguntarnos qué sistema producía aquellos cuerpos esclavizados; a Martín de Porres, «fray escoba», celebrarlo por su humildad olvidando la estratificación racista de la sociedad colonial, a la que denunciaba con esa humildad.
Bartolomé de las Casas, conmovido, lo siguió, incluso con las contradicciones de su propia conversión. Su grandeza fue pasar de encomendero explotador (lo eran también muchos curas y obispos), a profeta liberador, aún contra sus propios intereses pecuniarios. Porque su fe asoció la explotación de las víctimas al crucificado: “Muéveme el verte en una cruz escarnecido, muéveme tus afrentas y tu muerte”. Su denuncia de la destrucción de las Indias y la farsa leguleya del Requerimiento evidenció la hipocresía de un sistema de opresión bajo la bandera cristiana. La Iglesia contemporánea ha evolucionado al reconocer bulas usadas para legitimar la conquista y en contra de la dignidad y los derechos de los pueblos indígenas, repudiando expresamente la denominada “Doctrina del Descubrimiento”, síntesis de la ideología conquistadora.
Algo semejante ocurre con san Pedro Claver. Cartagena de Indias era uno de los grandes puertos americanos de la trata esclavista, la más amplia que la historia conoció. Allí, mientras una economía «de cristianos», consideraba normal comprar y vender seres humanos, Claver decidió llamarse “esclavo de los esclavos para siempre”. Subía a los barcos, atendía enfermos, alimentaba, curaba heridas y defendía la dignidad de quienes habían sido convertidos en mercancía. No fue un abolicionista según las categorías actuales. Pero su vida era una denuncia en carne viva: si aquellos hombres eran hermanos en Cristo, la estructura que los trataba como cosas era aberrante.
Y está Martín de Porres, hijo de español y mujer negra, atravesado él mismo por las jerarquías raciales de la sociedad colonial. La tradición devocional lo convirtió con facilidad en modelo de humildad, lo cual es verdadero pero insuficiente. Su vida fue también una contestación práctica a una sociedad que distribuía dignidades según origen y color. Juan XXIII, al canonizarlo, vinculó expresamente su memoria con una caridad universal “sin distinción de color o raza”. Recuperar hoy a Martín exige posicionarnos de otro modo frente al racismo y las nuevas clasificaciones sociales que fabrican periferias.
Aquí vuelve la amenaza de la domesticación. San Óscar Romero puede convertirse en una hermosa figura de bondad episcopal si olvidamos que fue asesinado después de afirmar que “no hay nada tan importante como la vida humana, sobre todo la persona de los pobres y oprimidos”. Jon Sobrino advirtió sobre el riesgo de “matizar” la opción por los pobres cuando esta deja de provocar. Romero no murió por ser cordial con los pobres, sino porque su sufrimiento modificó su ministerio y su palabra terminó siendo intolerable para quienes necesitaban silencio religioso y cómplice alrededor de la injusticia.
Ignacio Ellacuría llevó aquella intuición hacia la propuesta de una “civilización de la austeridad compartida”, no como universalización de la miseria, sino como alternativa a una civilización de la acumulación, proponiendo que la satisfacción universal de las necesidades básicas y la solidaridad son los criterios de humanización del cristianismo. Aquella denuncia la pagó con sangre junto a sus compañeros de la UCA. Y en Argentina, el beato Enrique Angelelli sintetizó su modo de ser Iglesia en una frase que sigue desarmando tanto al espiritualismo desencarnado como al activismo sin Evangelio: “un oído en el pueblo y otro en el Evangelio”. Fue asesinado en 1976 por quienes se proclamaban «salvadores del occidente cristiano» y beatificado como mártir en 2019.
Estos son los testigos que necesitamos recordar cada 12 de octubre para que el mundo sea mejor. No para sustituir una galería de conquistadores por otra de héroes moralmente impecables, sino para descubrir que incluso en medio de estructuras de dominación hubo personas capaces de imaginar y ser levadura de relaciones diferentes. Y eso es lo que convierte su memoria en futuro.
Porque el mundo nuevo que necesitamos no está detrás. No es una retrotopía indígena, europea, de cristiandad o nazionalista, ni el regreso imposible a una civilización pura, anterior al encuentro con los demás. Cinco siglos de mestizajes, heridas, resistencias, migraciones y aprendizajes hacen fantasioso semejante viaje para atrás. Nuestra tarea es más comprometedora: construir un encuentro de civilizaciones en el que ninguna necesite desaparecer para que otra pueda existir; donde evangelizar no signifique colonizar, donde encontrarnos no signifique apropiarnos y donde reconocer la injusticia histórica no nos condene al resentimiento, sino que nos comprometa con la reparación y la fraternidad.
Montesinos preguntó hace más de quinientos años: “¿Éstos no son hombres?”. La pregunta permanece abierta cada vez que un migrante, un pobre, un pueblo indígena o cualquier ser humano es convertido nuevamente en problema, mercancía o amenaza.
Los testigos de un mundo nuevo no están solo para adornar nuestros altares: están para recordarnos que ese mundo todavía está por construir y hacia dónde queda el Reino de los cielos.
Fuente en Religión Digital: https://short.do/oyTlL4
