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  1. El fundamento: Amor paternal y «Caridad Pedagógica»

Para el santo educador, el maestro no es un simple funcionario de la enseñanza, sino una persona que debe estar llena de amor a Dios y al prójimo, el cual cristaliza en un afecto práctico y tierno hacia sus alumnos.
El educador debe ver en cada niño, especialmente en el pobre y abandonado, la persona misma de Jesucristo. Este amor debe ser «heroico», manifestándose en una entrega sin reservas al servicio de los pequeños. Su relación con los alumnos debe ser de paternidad espiritual y debe actuar de tal manera que los alumnos le respeten y amen como a un verdadero padre.

  1. El trato: Respeto, afabilidad y humildad

Calasanz rompió con las costumbres de su época al exigir un trato digno y respetuoso hacia el niño, independientemente de su condición social.
El maestro debe tratar a los alumnos con gran miramiento y dignidad. Un mandato concreto de Calasanz era evitar el tuteo y utilizar siempre el «Vos» (usted), incluso con los niños más pequeños, para habituarlos a la cortesía y la urbanidad. Consideraba la humildad como una virtud pedagógica clave; el docente debe saber «rebajarse» o adaptarse a la capacidad del niño. Él mismo daba ejemplo barriendo las aulas y realizando tareas humildes, enseñando que para educar es necesario abajarse para elevar al alumno. Esta relación educativa debe estar libre de favoritismos o «amistades particulares». Debe usar con todos el mismo amor y dedicación, asegurando que los pobres reciban tanta o más atención que los que pudieran tener mejor posición.

  1. La disciplina: El sistema preventivo y la mansedumbre

Calasanz fue un precursor del sistema preventivo, basando la disciplina en la vigilancia amorosa y no en la represión violenta.
El maestro debe ser manso como Cristo, evitando gritos, palabras injuriosas o cualquier tipo de pasión que ofusque la razón. «Se hace más exhortando que imponiendo». En lugar de recurrir al azote o castigos físicos (que Calasanz pedía reducir al mínimo absoluto), se debía recurrir a la confesión frecuente. Según el santo, «es más eficaz el sacramento que el azote» para lograr una verdadera enmienda en el niño.

  1. Acompañamiento más allá del aula

La relación maestro-alumno no terminaba con la lección escolar, sino que Calasanz impuso el deber de acompañar a los niños a sus casas (las «rutas» o escuadras).
El objetivo de esta práctica era proteger a los niños de los peligros físicos y morales de la calle y asegurar que llegaran sanos a sus hogares. La relación con los alumnos incluía la asistencia social. Los maestros debían informarse sobre la pobreza de sus alumnos para proveerles gratuitamente de lo necesario (papel, plumas, tinta y libros).

  1. Finalidad: «Piedad y Letras»

El maestro actúa como un «cooperador de la verdad» cuyo fin es el desarrollo integral del alumno.
La relación busca que el alumno crezca simultáneamente en la sabiduría humana (Letras) y en la virtud cristiana (Piedad) y que que sea un ciudadano útil a la sociedad y, sobre todo, para que alcance la vida eterna. Calasanz estaba convencido de que de la buena educación recibida en la infancia dependía el resto del curso de la vida.
La innovación más genuina y eficiente se resuelve en el encuentro educativo que se produce entre el educador y sus alumnos, una relación que genera vida y oportunidades de crecimiento personal para ambos. Si queremos mejorar nuestros procesos educativos, debemos cuidar la vocación de los maestros y darles herramientas para que puedan relacionarse bien con sus alumnos.

Para el diálogo

  1. Recuerda un buen maestro que tuviste o conociste directamente. ¿Qué virtud lo hizo especial ante sus alumnos?
  2. ¿Qué virtudes debe tener un educador escolapio para que tenga una buena influencia educativa en sus alumnos?
  3. Comparte alguna experiencia personal de cómo has podido conectar bien con las necesidades y aspiraciones de los alumnos.
  4. ¿Cómo se alimenta la vocación de los maestros de tu escuela?