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«En efecto, cuando en opinión de muchos la fe católica ha dejado de ser patrimonio común de la sociedad (…) será muy difícil que la fe llegue a los corazones mediante simples disquisiciones o moralismos, y menos aún a través de genéricas referencias a los valores cristianos. El llamamiento valiente a los principios en su integridad es esencial e indispensable; no obstante, el mero enunciado del mensaje no llega al fondo del corazón de la persona, no toca su libertad, no cambia la vida. Lo que fascina es sobre todo el encuentro con personas creyentes que, por su fe, atraen hacia la gracia de Cristo, dando testimonio de Él». Cuando Benedicto XVI pronunció estas palabras, el 13 de mayo de 2010 en Fátima, el «cambio de época» al que han aludido en repetidas ocasiones sus sucesores, Francisco y León XIV, ya había comenzado hacía tiempo, pero aún no era tan evidente.

Que en las tierras de antigua evangelización el mensaje cristiano estuviera perdiendo fuerza no es algo tan reciente. Precisamente la necesidad de utilizar nuevos lenguajes para presentar la fe constituye la base del Concilio Ecuménico Vaticano II, nacido de la intuición de Juan XXIII y llevado a buen término por Pablo VI, el Papa que en Ecclesiam suam explicó que la Iglesia se acerca al mundo contemporáneo convirtiéndose en «palabra, mensaje, diálogo», con la convicción de que el Evangelio debe ofrecerse a través de una relación de escucha y de encuentro. Ya en las décadas previas al Concilio —como habían intuido las mentes más perspicaces— el proceso de secularización estaba en marcha: bastaría con citar la experiencia de Giovanni Battista Montini, quien a mediados de los años cincuenta abandonó la Roma de las concentraciones en torno a Pío XII para desembarcar en una Milán en gran crecimiento, donde sectores significativos de la sociedad comenzaban a mostrar un distante desinterés por la fe y la práctica religiosa. Todo el episcopado milanés y, posteriormente, todo el pontificado de Montini están marcados por la inquietud que suscita esta pregunta: ¿cómo anunciar el Evangelio a las mujeres y a los hombres de hoy, que parecen cada vez más distantes?

Esta cuestión cobra aún más urgencia en el momento histórico que estamos viviendo, caracterizado —según señala el documento del Dicasterio— por la «soberanía del yo», por el desmoronamiento progresivo de las relaciones interpersonales y por la mediación de lo digital, que acaba modificando casi «genéticamente» nuestro ADN de seres humanos en relación los unos con los otros. Tanto los países más ricos y secularizados como los países en desarrollo —que han visto crecer el número de cristianos, pero que ciertamente no son inmunes al cambio de época— se preguntan cómo transmitir la fe hoy en día. Por eso llama la atención que en el texto del Dicasterio se citen las aportaciones y reflexiones de tantas Conferencias Episcopales.

La respuesta, que también se aprecia claramente en el Magisterio de los últimos Sucesores de Pedro, consiste, ante todo, en volver al kerigma, es decir, al anuncio de lo esencial de la fe, con la conciencia, lamentablemente aún no lo suficientemente difundida, de que las referencias a los valores morales y los llamamientos a los principios cristianos nunca pueden dar por sentado lo que viene antes, es decir, el encuentro con Cristo. Para transmitir la fe hoy en día no basta, ante todo, con enseñar un conjunto de contenidos doctrinales o de información religiosa, como aún podía ocurrir hace muchas décadas, cuando el Evangelio se «respiraba» a diario en la familia y en la sociedad.

Encontramos este documento del Dicasterio de la Doctrina de la fe en varios idiomas en https://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_ddf_doc_20261022_venite-ad-me_sp.html