El 27 de octubre de 1986, representantes de diferentes religiones llegaron a Asís invitados por san Juan Pablo II para vivir una jornada de oración por la paz.
Aquel encuentro se convirtió en referencia de lo que hoy conocemos como el “Espíritu de Asís”.
No se trataba de borrar las diferencias ni de pretender que todas las tradiciones religiosas fueran iguales. Precisamente lo significativo era descubrir que, aun desde identidades y creencias diferentes, era posible encontrarse ante una preocupación común: la paz.
Asís, la ciudad de Francisco, se convirtió así en símbolo de diálogo, oración y encuentro.
Cuarenta años después, la pregunta sigue siendo necesaria en un mundo atravesado por conflictos, polarización y divisiones:
¿Qué hacemos con nuestras diferencias?
Podemos permitir que se conviertan en distancia y enfrentamiento. O podemos aprender a encontrarnos, escucharnos y trabajar juntos por la dignidad, la justicia y la paz.
Ese desafío sigue dando vida al Espíritu de Asís.
