Una Iglesia que se reforma sin dejar de ser ella misma
El Concilio Vaticano II, en Lumen gentium, presenta a la Iglesia como misterio de comunión y Pueblo de Dios, sin separar estas dimensiones de su constitución sacramental y jerárquica (LG 8-10, 18-23). No se trata de elegir entre el Pueblo de Dios y sus pastores, sino de comprender cómo se articulan ambas realidades en una misma comunión.
El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial «difieren esencialmente y no sólo en grado», aunque ambos participan, cada uno a su manera, del único sacerdocio de Cristo (LG 10). La participación no elimina la diversidad de ministerios, como la autoridad de los pastores no puede justificar la pasividad de los fieles.
La Comisión Teológica Internacional, en La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia (2018, especialmente nn. 42-70), sitúa la participación de todos los bautizados en el horizonte de la comunión y de la misión. Esta perspectiva evita dos extremos: una autoridad que reduzca a los fieles a receptores pasivos y una participación que convierta la Iglesia en una asamblea soberana sobre su propia identidad.
La sinodalidad necesita una eclesiología que permita escuchar sin relativizar la verdad, ejercer la autoridad sin caer en el autoritarismo y promover la participación sin confundirla con la uniformidad de funciones.
San Agustín: una comunión que se recibe y se construye
San Agustín contempla a Cristo y a la Iglesia desde el misterio de la cabeza y el cuerpo (Comentarios a los salmos, 56, 1). La comunión eclesial no es simplemente el resultado de la afinidad entre sus miembros: procede de Cristo y encuentra en él su fundamento.
En el Sermo 272, dedicado al misterio eucarístico, exhorta a los cristianos: «Sed lo que veis y recibid lo que sois». La Eucaristía manifiesta y edifica la unidad del Cuerpo de Cristo. La comunión es, por tanto, un don recibido y una tarea que compromete a todos los bautizados.
Esta perspectiva permite comprender que la sinodalidad no debe limitarse a negociar diferencias ni a reorganizar estructuras. Debe contribuir a una comunión más profunda con Cristo, a una vida sacramental más consciente y a una misión más generosa.
La fidelidad a la tradición tampoco puede confundirse con la inmovilidad. Yves Congar, en Vraie et fausse réforme dans l’Église (1950; traducción española: Verdadera y falsa reforma en la Iglesia, Salamanca 2014), estudió precisamente las condiciones que permiten distinguir la reforma auténtica de la ruptura. El papa Francisco recuperó una de sus intuiciones al afirmar que no se trata de hacer otra Iglesia, sino de hacer una Iglesia distinta, renovada por el Espíritu (Discurso de apertura del proceso sinodal, 9 de octubre de 2021).
La cuestión no es conservarlo todo ni cambiarlo todo, sino discernir qué reformas sirven a una fidelidad más profunda al Evangelio.
La Iglesia no debe temer al mundo ni convertirse en su eco
En Evangelii gaudium, 27, Francisco reclama una transformación misionera de las estructuras eclesiales. Las instituciones están al servicio de la evangelización, no de su propia conservación. La sinodalidad puede contribuir a esa transformación cuando ayuda a identificar obstáculos, escuchar a quienes sufren y discernir nuevas formas de anunciar a Jesucristo.
Por su parte, León XIV ha insistido en la necesidad de una Iglesia que comparta decisiones y responsabilidades sin perder de vista la evangelización. En su discurso a los cardenales del 10 de mayo de 2025, incluyó el crecimiento de la colegialidad y la sinodalidad entre las orientaciones que deseaba continuar, junto con la conversión misionera de la comunidad cristiana. Posteriormente, ante la Conferencia Episcopal Italiana, subrayó que la sinodalidad requiere comunión efectiva, discernimiento serio y responsabilidad compartida al servicio del anuncio del Evangelio (Discurso, 20 de noviembre de 2025).
En su catequesis del 25 de marzo de 2026 sobre Lumen gentium, León XIV volvió a explicar que la estructura jerárquica de la Iglesia es recibida de Dios y está vinculada a la misión apostólica. Esta enseñanza recuerda que la corresponsabilidad sinodal no elimina la naturaleza propia del ministerio ordenado.
La Iglesia debe escuchar al mundo y comprender sus heridas, pero no está llamada a convertirse en su eco. Su misión consiste en ofrecer la luz del Evangelio con humildad, claridad y valentía. La acogida no excluye la verdad; el diálogo no obliga a renunciar al discernimiento; la misericordia no elimina la llamada a la conversión.
Renovar la Iglesia sin perder su fundamento
La sinodalidad constituye una oportunidad real de renovación, pero no garantiza por sí misma sus frutos. Su fecundidad depende de que se arraigue en la Escritura, la Tradición apostólica, la vida sacramental y la misión.
San Pablo recuerda que la Iglesia está edificada «sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular» (Ef 2,20). Este es el criterio definitivo de toda reforma: las estructuras pueden cambiar y los procedimientos mejorar, pero la Iglesia no puede sustituir su fundamento.
No necesitamos una Iglesia que se reinvente en cada asamblea, ni una Iglesia que se niegue a examinarse. Necesitamos una Iglesia que escuche con humildad, discierna con rigor, se reforme con valentía y permanezca fiel a Jesucristo.
Caminar juntos es necesario. Pero caminar juntos exige saber quiénes somos, qué hemos recibido y a quién anunciamos. Solo así la sinodalidad será una verdadera expresión de la comunión y de la misión de la Iglesia.
Tomado de Religión Digtal: https://shre.ink/hqQH
