Permitidme comenzar esta carta con un recuerdo personal. En el año 2006 viví en un suburbio de Dakar, Sam Sam, donde tenemos una comunidad y unas obras muy escolapias. Llegué en la estación de lluvias, y para entrar en casa debía atravesar un pequeño vertedero. El primer día lo crucé, escandalizado, saltando de piedra en piedra para no tocar aquella basura y evitar su hedor que todo lo envolvía. Dos meses más tarde, ya pasaba por el vertedero como cualquier vecino, sin darle importancia.
Entonces saqué un par de lecciones: la invisibilidad de la pobreza, -quizás su mayor problema-: nadie se moviliza por lo que no ve, o no sabe ver; y la necesidad de personas que nos mantengan despiertos, para evitar acostumbrarnos a ella, como el rico que varias veces al día se cruzaba con Lázaro sin percibirle.
A lo largo de los años he podido constatar cómo la misión escolapia puede cambiar vidas, incluso salvarlas, o dicho de forma más personal, he tenido la suerte de presenciar cómo muchos escolapios, -hermanos y hermanas-, han sido determinantes para una vida más digna de muchas personas cuyo rostro y nombre conozco.
Encontramos la carta completa en https://scolopi.org/wp-content/uploads/2025/10/SALUTATIO-2025-08-OCT.pdf
