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Queridos hermanos y hermanas en las Escuelas Pías,

Desde la primera lectura de la reciente encíclica[1] Magnifica humanitas del papa León XIV sobre las res novae de nuestro tiempo, una pregunta no ha dejado de acompañarme. He tenido la impresión de que llegaba en el momento oportuno, porque pone palabras a una sensibilidad que también estamos viviendo en las Escuelas Pías. Inspirado especialmente por su primer número, quisiera compartirla con vosotros: ¿cómo puede una generación recibir el legado que ha heredado, descubrir el encargo que contiene y colaborar con Dios para ofrecer a su época una forma cada vez más humana y más evangélica?

Hay generaciones que tienen la impresión de vivir tiempos tranquilos y otras que sienten que les ha correspondido atravesar una verdadera encrucijada histórica. Probablemente todas han experimentado algo parecido. También la nuestra. La aceleración tecnológica, las nuevas pobrezas, las transformaciones culturales, las migraciones de todo tipo, la creciente fragilidad de tantos vínculos, la búsqueda de nuevos caminos para la vida de la Iglesia y el nacimiento de nuevas sensibilidades configuran un horizonte inédito que nos interpela y reclama discernimiento.

El papa León XIII llamó rerum novarum a los grandes asuntos nuevos que marcaron su tiempo. Más de un siglo después, el papa León XIV ha retomado esa expresión para invitarnos a mirar con lucidez las nuevas realidades que hoy irrumpen en la historia. Pero quizá, como discípulos de Jesús y como herederos del carisma de san José Calasanz, estamos llamados a dar un paso más. Las res novae reclaman ciertamente nuestra atención, pero también nuestra respuesta. No basta con identificar las novedades de una época; estamos llamados a colaborar con el Espíritu para ofrecerles una forma evangelica, una forma inspirada por el Evangelio.

Todo comienza recibiendo. Antes de hacer cualquier cosa, hemos recibido casi todo lo importante. Nadie se dio la vida a sí mismo. Nadie eligió el tiempo en que nació. Nadie inventó el Evangelio. Nadie fundó la Iglesia. Nosotros tampoco iniciamos las Escuelas Pías. Llegamos cuando la historia ya estaba comenzada. Otros sembraron antes que nosotros. Otros soñaron. Otros trabajaron. Otros permanecieron fieles en circunstancias quizá más difíciles que las nuestras. Gracias a ellos hemos recibido una fe, una comunidad, una misión y un carisma.

La vida siempre llega primero como gracia; sólo después se convierte en responsabilidad. Ésta es una lógica bíblica. Israel recibe la alianza antes de convertirse en pueblo. Los discípulos reciben el Evangelio antes de ser enviados. Calasanz recibe una llamada antes de fundar una Orden. Nosotros hemos recibido un legado antes de preguntarnos qué hacer con él. La responsabilidad nace siempre del don.

Pero aquí conviene detenerse un momento. Con frecuencia entendemos el legado como un patrimonio que debemos conservar. Sin embargo, el legado cristiano nunca es una pieza de museo. Todo don recibido lleva inscrita una misión. El legado permanece vivo únicamente cuando quien lo recibe descubre que, en realidad, también está recibiendo un encargo.

Quizá por eso la tradición posee una riqueza mucho mayor de la que a veces imaginamos. La palabra latina traditio, procedente del verbo tradere, significa precisamente transmitir, entregar de unas manos a otras. La tradición no consiste en conservar inmutable un patrimonio, sino en transmitir vida. Cada generación recibe el Evangelio para volver a anunciarlo. Cada generación recibe el carisma de san José Calasanz para volver a encarnarlo. Cada generación recibe una historia para escribir en ella un capítulo nuevo. Cuando dejamos de transmitir lo recibido, la tradición corre el riesgo de convertirse únicamente en memoria.

Aquí aparece una pregunta decisiva: ¿qué significa ser fiel? Algunos identifican la fidelidad con repetir exactamente lo recibido. Otros la identifican con cambiar constantemente. Ninguna de estas posturas expresa plenamente la sabiduría del Evangelio. Por eso en las Escuelas Pías hablamos de fidelidad creativa: la capacidad de permanecer enraizados en el Evangelio y en el carisma, permitiendo al mismo tiempo que el Espíritu suscite respuestas nuevas para las circunstancias nuevas de cada época. El Evangelio no cambia; las preguntas de la historia sí. Y cada generación está llamada a responder a ellas con el mismo carisma, aunque no siempre con las mismas formas.

Para ello hace falta una virtud que quizá hoy necesitamos especialmente: la lucidez.

No basta la buena voluntad. No basta el entusiasmo. Es necesario comprender. Comprender el legado que hemos recibido, el tiempo que vivimos y las preguntas que se esconden detrás de los acontecimientos. No toda novedad debe aceptarse, pero tampoco toda novedad debe rechazarse. Antes de emitir un juicio, estamos llamados a discernir con lucidez.

Hay personas que se limitan a ser contemporáneas de una época. Otras ayudan a comprenderla y a darle forma. Pienso que ésta es una de las grandes responsabilidades de la vocación cristiana. No estamos llamados a ser meros espectadores de la historia, ni a resignarnos ante ella o a lamentarnos continuamente de nuestro tiempo. Estamos llamados a leer nuestra época a la luz del Evangelio y a preguntarnos, con humildad y valentía: ¿qué espera Dios precisamente de nosotros en este momento de la historia? Ninguna generación puede responder a la llamada de otra. Cada una recibe la suya. También nosotros.

No vivimos las mismas circunstancias que vivió Calasanz. Las pobrezas han cambiado. El lenguaje y la cultura han cambiado. Las res novae de nuestro tiempo son distintas de las de generaciones anteriores. Pero precisamente por eso la pregunta permanece viva: ¿qué forma evangelica estamos llamados a ofrecer a esta época?

Cada uno de nosotros pertenece, al mismo tiempo, a tres generaciones. Somos hijos de quienes nos precedieron. Caminamos junto a nuestros contemporáneos. Y somos responsables de quienes vendrán después. Nuestra vocación nunca se agota en el presente. Siempre tiene algo de herencia recibida y algo de promesa ofrecida.

Éste es, quizá, el centro de toda esta reflexión. Las res novae constituyen, en el fondo, un examen de madurez para cada generación. Ninguna elige las preguntas que la historia le plantea, pero todas serán juzgadas por la calidad de las respuestas que sean capaces de ofrecer. Así damos forma a una época: colaborando para que la dignidad de cada persona sea respetada, la justicia pueda crecer y la fraternidad llegue a ser posible. La historia nos entrega una época; el Evangelio nos enseña a darle forma. Éste es el paso que hoy estamos llamados a dar: pasar de las res novae a la forma evangelica.

No se trata de dominar la historia ni de imponer nuestros proyectos. Dar forma es el trabajo paciente del artesano. El educador ayuda a dar forma a una inteligencia y a un corazón. El escultor da forma a la piedra. El sembrador acompaña el crecimiento de una semilla.

Ésta ha sido siempre la misión de las Escuelas Pías[2]. Cada vez que un niño o una niña descubre que poseen una dignidad infinita, estamos dando una forma evangélica a nuestra época. Cada vez que un joven aprende a pensar con libertad, sentido crítico y responsabilidad, estamos dando una forma evangélica a nuestra época. Cada vez que una comunidad demuestra que la fraternidad puede vivirse, cada vez que un escolapio acompaña con paciencia una vocación, cada vez que una obra educativa pone a la persona por encima de las expectativas, estamos dando una forma evangélica a nuestra época.

También la Orden participa de esta responsabilidad. Las Escuelas Pías no existen para conservarse a sí mismas. Existen para que el carisma de Calasanz pueda seguir encontrándose con niños, niñas y jóvenes que todavía no han nacido. Ésa es nuestra verdadera perspectiva. Ninguna Congregación General, ningún Capítulo, ninguna Provincia, ni ninguna comunidad son propietarios del carisma. Todos lo recibimos, lo encarnamos y lo transmitimos. No somos custodios de un museo. Somos responsables de una semilla.

La diferencia es inmensa. El museo conserva. La semilla se cultiva, crece, da fruto y vuelve a sembrarse. También el carisma escolapio está llamado a crecer sin dejar de ser él mismo. Los próximos Capítulos Provinciales pueden convertirse en una ocasión privilegiada para preguntarnos cómo queremos transmitir ese don a quienes continuarán la misión cuando nosotros ya no estemos.

Las res novae nunca dejarán de aparecer. Cada época tendrá las suyas. La cuestión decisiva no es si habrá asuntos nuevos, sino qué forma seremos capaces de darles.

Que san José Calasanz, que supo descubrir en las necesidades de su tiempo una llamada de Dios y responder a ella con una creatividad nacida del Evangelio, nos enseñe a recibir con gratitud el legado que hemos heredado, a comprender con lucidez el encargo que contiene y a colaborar humildemente con el Señor para ofrecer a nuestra época una verdadera forma evangelica.

Un abrazo fraterno, P. Carles, Sch. P. Padre General
Ranchi (India), 30 de junio de 2026.