(Manu Andueza, en Cristianisme i Justicia).- Una de las personas más activas a nivel eclesial estos dos años ha sido, sin duda alguna, Emilce Cuda. En ello, seguro que ha influido su amplio y profundo conocimiento de los dos últimos papas: Francisco y León XIV.
Siguiendo y divulgando la propuesta de Francisco, la teóloga argentina ha promovido proyectos clave para el desarrollo integral de América Latina, ha colaborado con la Red de Comunidades Organizadas (RECOR), ha acompañado la red de universidades por la casa común —que congrega a más de 230 universidades públicas y privadas de Latinoamérica— y ha participado en la última Cumbre del Clima (COP30). Recientemente ha participado también en el V Encuentro Mundial de Movimientos Populares (2026), donde recordó que «la Iglesia tiene que dar el ejemplo de tratar con dignidad a estos grupos de descartados organizados, porque realmente tienen una virtud: la virtud de la esperanza, esa virtud teologal que los lleva a unirse no para salvarse individualmente, sino para salvar al mundo».
Después de trabajar codo a codo con el actual papa, León XIV, se puede afirmar que lo conoce bien. Dice de él que «fue el elegido de Francisco», con quien se reunía todos los sábados en Santa Marta. Lo considera «una persona de gran decisión, que no es fácil encontrar». Emilce Cuda, la teóloga entre dos papas, ha podido conocerlos, trabajar y aprender de ellos. Del mismo modo, Francisco y León se han podido beneficiar en estos años de su frescura y su quehacer teológico.
A lo largo de su trabajo, de sus charlas y formaciones tanto en Europa como en América Latina, Emilce Cuda ha ido colaborando en la construcción del bien común. En estos espacios, ha insistido en la dimensión política de la persona y la sociedad, reivindicando una democracia que debería tener sabor de evangelio, y que debería ayudar a iniciar procesos de «inclusión, reconciliación y fraternidad, caminando juntos para una vida buena y en abundancia para todos, todos, todos». Es por ello que, por ejemplo, aboga públicamente por la condonación de la deuda externa, y lo hace desde una clara dimensión de esperanza. A pesar de ser esta un aspecto esencial de la fe cristiana, reconoce que parece escasa en el actual «ambiente de inquietud, porque los trabajadores sociales católicos sienten que están siendo llamados a un esfuerzo sobrenatural».