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Hay algo todavía más doloroso que contar a los muertos: preguntarse qué se hizo —y qué no se hizo— para evitar que murieran. Porque detrás de los 145 fallecidos que la ONG Caminando Fronteras contabilizó durante la crisis de Ceuta, no hay solamente una tragedia humana; hay también una pregunta que sigue abierta: ¿qué se hizo para impedir que aquellas personas acabaran muriendo? La organización contabilizó 78 cadáveres recuperados en Ceuta y otros 67 en territorio marroquí. Resulta demasiado terrible como para que nadie pueda permitirse mirar hacia otro lado.

Desde la mirada cristiana, esa desigualdad resulta todavía más insoportable. El Evangelio no habla de seres humanos importantes y seres humanos secundarios. El herido del camino no necesita presentar sus papeles para despertar la compasión del samaritano. El samaritano se acerca porque hay un hombre herido. Nada más. Y nada menos. Quizá eso sea lo primero que estamos llamados a recuperar: la capacidad de reconocer que la dignidad de una persona no depende de su pasaporte, su religión, su lugar de nacimiento ni de la frontera que intentaba atravesar.
Por eso necesitamos la memoria. No una memoria convertida en resentimiento, sino una memoria que nos haga más humanos. Recordar a los muertos significa reconocer que estuvieron aquí, que existieron y que su muerte no puede convertirse simplemente en una cifra. La memoria es, en cierto modo, la última casa que podemos ofrecer a quien ya no tiene casa. Y rezar por ellos es también una manera de pronunciar ante Dios un nombre cuando el mundo ha dejado de pronunciarlo.
Bécquer escribió unos versos que parecen atravesar el tiempo y llegar hasta nosotros con una fuerza intacta: “¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!” Los vivos podemos cerrar una pantalla, cambiar de canal, olvidar una noticia y continuar con nuestras vidas. Los muertos, en cambio, permanecen. No pueden regresar. No pueden explicar qué sucedió. No pueden pedir justicia. Por eso somos nosotros quienes debemos mantener viva su memoria.
Quizá aquí esté nuestra última responsabilidad: no permitir que, además de morir, sean olvidados. Por eso, humildemente escribo estas letras.  Que la búsqueda de justicia no sea venganza, sino compromiso para que ninguna persona tenga que jugarse la vida para encontrar un lugar donde vivir y para que una tragedia semejante no vuelva a repetirse.
Quizá aquí esté nuestra última responsabilidad: no permitir que, además de morir, sean olvidados. Por eso, humildemente escribo estas letras.  Que la búsqueda de justicia no sea venganza, sino compromiso para que ninguna persona tenga que jugarse la vida para encontrar un lugar donde vivir y para que una tragedia semejante no vuelva a repetirse
Porque los “nadies” de Galeano nunca fueron nadie. Fueron nuestros semejantes, otros “yo” como nosotros, aunque no conociéramos sus nombres. Ninguna estadística puede responder: ¿qué hacemos los vivos con la memoria de quienes ya no pueden hablar?
Podemos pasar la página. O podemos detenernos y reconocer que también ellos pertenecen a la familia humana.
Que nadie muera dos veces. Que nadie sea solamente una cifra. Que nadie vuelva a convertirse en uno de esos “nadies” de los que hablaba Galeano.
Y cuando ya no quede nada más que decir, que al menos quede la oración de Bécquer, atravesando los siglos como una campana en medio del silencio: «¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!»

Tomado de Religión Digital: https://short.do/3flxa1