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Hoy, al cumplirse el tercer aniversario de la muerte de Jacques Gaillot, su figura emerge con una fuerza serena y profética en medio de una Iglesia que sigue debatiéndose entre el servicio evangélico y las inercias del poder. Su vida no fue cómoda ni complaciente, pero sí profundamente coherente. Y quizá por eso sigue interpelando.

Ordenado sacerdote en 1961, Gaillot se formó en teología y liturgia en Roma y París, en plena efervescencia del Concilio Vaticano II. De ese acontecimiento eclesial asumió con radicalidad una idea central: la Iglesia no existe para sí misma, sino para el mundo, especialmente para los más pobres y olvidados. No era una teoría para él, sino un programa de vida.

Jacques Gaillot entendió como pocos el significado profundo de la diaconía, ese término bíblico que designa el servicio como esencia del ministerio.
Cuando fue nombrado obispo de Évreux en 1982, lejos de instalarse en la comodidad institucional, eligió el camino del compromiso. Apoyó a objetores de conciencia, denunció la disuasión nuclear, defendió la causa palestina, visitó presos políticos y se enfrentó sin ambigüedades al apartheid. Su voz era incómoda porque era libre. Y era libre porque estaba arraigada en el Evangelio.

Como recuerdan los Hechos de los Apóstoles, las cartas paulinas y la tradición viva de la Iglesia, el encargo confiado a los pastores no es un privilegio, sino una responsabilidad: servir, enseñar y acompañar desde abajo, nunca dominar desde arriba.

Lejos de retirarse, su compromiso se intensificó. Vivió entre inmigrantes sin papeles, defendió a los sin techo, acompañó a presos, alzó la voz por los derechos humanos. Se convirtió, sin pretenderlo, en el obispo de los márgenes, allí donde el Evangelio se hace carne de verdad.

Su destitución en 1995 como obispo de Évreux no puede entenderse sin este contexto. De manera oficial, se justificó por sus posturas críticas, especialmente en cuestiones sociales y migratorias; sin embargo, en el fondo, su forma de vivir el ministerio —más cercana al servicio que al poder— resultaba incómoda para ciertos sectores de la Iglesia. En el fondo, fue porque su forma de ser obispo cuestionaba estructuras demasiado acostumbradas al control. Convertido en obispo “de Partenia”, una diócesis simbólica desaparecida en el siglo V, Gaillot asumió ese título como un signo: representar a todos los que no cuentan, a los invisibles, a los descartados.

En uno de sus libros dejó escrita una frase que resume toda su teología: “Una Iglesia que no sirve, no sirve para nada.” No es una provocación, sino una constataciónevangélica. Porque Jesús no entendió su misión como poder, sino como servicio. “El que quiera ser el primero, que sea el servidor de todos”. No hay otra lógica en el Reino.

Vivió entre inmigrantes sin papeles, defendió a los sin techo, acompañó a presos, alzó la voz por los derechos humanos. Se convirtió, sin pretenderlo, en el obispo de los márgenes, allí donde el Evangelio se hace carne de verdad.

El propio Concilio Vaticano II ha insistido en esta clave. La misión de la Iglesia es diaconía, servicio, entrega. Los oficios de enseñar, santificar y regir no son dominios, sino tareas al servicio del pueblo de Dios. El Concilio lo expresó con claridad: el obispo debe ejercer su ministerio recordando siempre que el mayor ha de hacerse como el menor.

Pero la realidad muestra que esta enseñanza no siempre se ha encarnado. Con frecuencia, el lenguaje del servicio convive con prácticas de poder que lo contradicen. Y ahí es donde Gaillot sigue siendo una figura necesaria. Porque no se limitó a hablar: vivió lo que predicabaincluso a costa de su propia posición.

Su vida fue una parábola del Evangelio. No buscó protagonismo, pero se convirtió en signo. No quiso confrontar, pero incomodó. No aspiró a ser un referente, pero terminó siéndolo para creyentes y no creyentes. Porque cuando alguien vive con autenticidad, su testimonio trasciende las fronteras de la institución.

Hoy, recordarlo no es un ejercicio de nostalgia, sino una llamada a la conversión. A preguntarnos qué tipo de Iglesia queremos ser. Si una Iglesia centrada en sí misma o una Iglesia en salida. Si una Iglesia que protege su poder o una que se desgasta en el servicio. Si una Iglesia que excluye o una que abraza.

¡Jacques Gaillot eligió sin dudar! Y por eso su memoria permanece viva. Porque en un mundo herido por la indiferencia, como él mismo denunciaba, el servicio no es una opción, sino la única forma creíble de anunciar el Evangelio.

Quizá por eso su figura sigue incomodando. Y quizá por eso sigue siendo necesaria. Porque, como él mismo entendió con lucidez y valentía, solo una Iglesia que sirve puede ser verdaderamente Iglesia.