¿Qué ha cambiado en este tiempo? La transformación no responde a un repentino fervor que haya vuelto a llenar las iglesias de bote en bote, sino a la consolidación de una sociedad postsecular. La religión ha dejado de ser percibida como un rival a batir o una amenaza al progreso, y ha pasado a entenderse como un actor social que tiene aportaciones válidas que ofrecer a la comunidad.
Se ha asentado la certeza de que las sociedades modernas deben aprender a convivir con el fenómeno religioso como una realidad persistente que no va a extinguirse y que puede enriquecer el debate público. Incluso en espacios alejados de la experiencia creyente se admite hoy con naturalidad que el tejido eclesial aporta elementos insustituibles de justicia social, cohesión y solidaridad en aquellos rincones donde las instituciones públicas no alcanzan.
Este giro no debe leerse como la victoria de la fe sobre el laicismo, ni como una derrota de este. El anticlericalismo militante simplemente ha perdido empuje porque la sociedad ha madurado hacia preocupaciones más complejas. Las inquietudes prioritarias de la ciudadanía se han desplazado hacia las brechas económicas, el cambio climático o las implicaciones éticas de la tecnología. A su vez, la propia Iglesia ha puesto el foco en estos problemas sociales, desactivando de forma natural gran parte de las batallas culturales del pasado.